**“Bésame… nos están mirando”, le susurró al jefe de la mafia — Pero jamás imaginó lo que él haría después**
PARTE 1 — EL HOMBRE MÁS PELIGROSO DE LA SALA
El aliento de la mujer contra su mandíbula olía ligeramente a champán barato y a miedo.
—Bésame —susurró—. Nos están mirando.
Victor Rossi no se movió.
Durante treinta y ocho años había aprendido a reconocer muchas formas de peligro.
El sonido metálico de un arma al salir de una funda.
La pausa demasiado larga antes de una mentira.
El movimiento de una mano hacia el interior de una chaqueta.
El silencio de una habitación justo antes de que alguien sacara una pistola.
Pero una desconocida temblando contra su pecho en mitad de una gala benéfica no pertenecía a ninguna categoría conocida.
Su primera reacción fue llevar la mano hacia el revólver oculto bajo la chaqueta.
La segunda fue mirar por encima del hombro de ella.
Entonces vio el punto rojo.
Una diminuta luz atravesó durante un instante las cortinas de terciopelo situadas detrás de la mujer.
Después desapareció.
Victor comprendió.
No era una seducción.
Era una ejecución.
Y aquella mujer acababa de convertirlo en su escudo.
El salón dorado del Beaumont Hotel estaba repleto de políticos, empresarios y millonarios que fingían haber olvidado de dónde procedía su dinero.
Victor odiaba aquel tipo de eventos.
Odiaba los esmoquin.
Odiaba las conversaciones sobre fundaciones y proyectos sociales entre hombres que compraban jueces durante el desayuno.
Sobre todo, odiaba permanecer expuesto.
Había heredado un imperio criminal debilitado cinco años atrás y lo había reconstruido sin espectáculos.
Otros hombres necesitaban demostrar poder.
Victor prefería que nadie supiera cuánto poseía hasta que fuera demasiado tarde.
A diez metros de él, Javier Mendoza, su jefe de seguridad, fingía observar una escultura de hielo.
Victor cruzó brevemente la mirada con él.
Javier negó casi imperceptiblemente.
Todo despejado.
Eso había ocurrido treinta segundos antes de que apareciera la mujer.
Victor la había visto entrar en su campo de visión como una anomalía.
Vestido verde oscuro.
Tacones demasiado baratos para aquella sala.
Cabello negro recogido apresuradamente.
No caminaba como los demás invitados.
Los ricos se movían con tranquilidad porque creían que nada malo podía ocurrirles.
Ella se movía como una persona que acababa de descubrir que la muerte tenía su dirección.
Miraba las salidas.
Luego las escaleras.
Después el guardarropa.
Victor siguió su mirada.
Dos hombres robustos con abrigos oscuros permanecían junto a la entrada.
No eran locales.
No pertenecían a ninguna familia que Victor reconociera.
Uno de ellos habló discretamente por un auricular.
La mujer los vio.
Palideció.
Buscó ayuda entre los invitados.
Nadie la miraba.
Hasta que sus ojos encontraron a Victor.
Él no sonrió.
Nunca sonreía a desconocidos.
La mayoría interpretaba correctamente aquella expresión y se alejaba.
Ella hizo lo contrario.
Atravesó directamente el salón.
Javier comenzó a moverse.
Demasiado tarde.
La desconocida se estrelló contra el pecho de Victor y agarró las solapas de su chaqueta.
—Bésame —susurró—. Nos están mirando.
Victor vio el láser.
Tomó una decisión.
Dejó caer el vaso que llevaba en la mano.
El cristal se rompió contra el mármol.
Mientras varias personas se volvían por el ruido, Victor rodeó la cintura de la mujer y giró con ella, colocando su propio cuerpo entre su cabeza y la línea de tiro.
Después la besó.
No tuvo nada de romántico.
Fue preciso.
Calculado.
Necesario.
La mujer se tensó de inmediato, sorprendida a pesar de haber sido ella quien lo había pedido.
Victor le sujetó la nuca.
—Relájate —murmuró contra sus labios.
Ella obedeció.
Lo suficiente.
Victor mantuvo los ojos entreabiertos.
En el reflejo de una columna cubierta de espejos vio a los dos hombres del guardarropa detenerse.
El plan funcionaba.
El famoso Victor Rossi besando a una desconocida en mitad de una gala era suficientemente absurdo para confundir a cualquiera durante unos segundos.
Y Victor necesitaba exactamente esos segundos.
Javier ya estaba tocándose el auricular.
Seguridad activada.
Salidas bloqueadas.
Equipos en movimiento.
Victor rompió el beso.
Pero no soltó a la mujer.
Hundió el rostro junto a su cuello, como si todavía estuviera concentrado en ella.
—Camina.
—¿Qué?
—Sonríe.
—No puedo.
—Entonces finge.
La rodeó por la cintura y comenzó a conducirla hacia las puertas de servicio.
—Desde este momento eres mi acompañante y estamos buscando una habitación.
Ella lo miró horrorizada.
—¿Qué?
—Camina.
Atravesaron las puertas de la cocina.
Los violines, las risas y las copas quedaron atrás.
Victor no redujo el paso.
Cocineros y camareros se apartaban al reconocerlo.
La mujer casi tenía que correr para seguirle.
—¿Adónde vamos?
—A averiguar por qué alguien intenta matarte.
—No sé quiénes son.
Victor abrió una puerta metálica.
La lluvia helada de Chicago los golpeó inmediatamente.
El callejón estaba vacío.
Victor la llevó contra la pared.
No con delicadeza.
Apoyó un brazo junto a su cabeza.
—Nombre.
Ella jadeó.
—¿Qué?
—Tu nombre.
—Chloe.
—Apellido.
—Bennett.
—¿Quién te envió?
—Nadie.
—Mala respuesta.
—¡Es la verdad!
Victor la estudió.
La lluvia le había deshecho el peinado.
Parecía aterrorizada.
Pero eso no significaba que fuera inocente.
Los buenos agentes sabían fingir miedo.
—Entraste sin invitación en un hotel protegido —dijo Victor—. Dos hombres te siguieron. Había un tirador en el balcón. Y decidiste utilizarme como escudo humano.
—Yo no sabía quién era usted.
Victor se quedó quieto.
—¿No sabes quién soy?
—No.
La respuesta fue tan inmediata que casi resultó ofensiva.
—Entonces, ¿por qué yo?
Chloe miró hacia la puerta.
—Porque todos evitaban acercarse a usted.
Victor no dijo nada.
—Nadie estaba a menos de dos metros —continuó—. Los camareros parecían nerviosos. Los políticos sonreían cuando usted miraba y dejaban de sonreír cuando apartaba la vista.
Respiró con dificultad.
—Parecía el hombre más peligroso de la sala.
Victor casi rio.
Casi.
—¿Y eso te tranquilizó?
—No.
—Pero viniste.
—Necesitaba que ellos pensaran que no estaba sola.
Victor inclinó ligeramente la cabeza.
Una lógica absurda.
Y, sin embargo, funcional.
La puerta se abrió.
Javier apareció con una pistola baja junto al muslo.
—Dos muertos en el guardarropa —informó—. Personal del hotel. Degollados.
Chloe palideció.
—¿Qué?
—El tirador abandonó la posición —continuó Javier—. Encontramos trípode, colilla y nada más. Los hombres de los abrigos también desaparecieron.
Victor miró a Chloe.
Aquello no era un intento impulsivo.
Era una cacería.
—Coche —ordenó.
Javier no discutió.
Chloe sí.
—No voy con usted.
Victor se quitó la chaqueta y se la puso sobre los hombros.
—Los hombres del hotel saben cómo eres.
—Puedo ir a la policía.
—Si están dispuestos a matar dos empleados de un hotel lleno de cámaras para acercarse a ti, ya habrán considerado a la policía.
Ella permaneció inmóvil.
Victor dio un paso hacia ella.
—Tú escogiste al hombre más peligroso de la sala.
Señaló el sedán negro que acababa de entrar en el callejón.
—Ahora úsalo.
El refugio estaba situado encima de un comercio abandonado en el distrito industrial.
Sin ventanas.
Una puerta reforzada.
Muebles baratos.
Una cocina pequeña.
Chloe miró alrededor.
—¿Qué es este lugar?
—Un sitio al que nadie viene sin invitación.
—Parece un sitio donde la gente desaparece.
—También.
Ella retrocedió.
Victor dejó el arma sobre una mesa.
—Si quisiera matarte, no habría necesitado traerte aquí.
—Eso no me tranquiliza.
—No pretendía hacerlo.
Chloe seguía temblando.
Victor llenó un vaso.
Cuando intentó tomarlo, sus dedos no respondieron.
El agua estuvo a punto de caer.
Victor lo atrapó.
Se arrodilló frente a ella.
Le sujetó las manos alrededor del vaso.
—Respira.
—Estoy respirando.
—No correctamente.
—Me dispararon.
—Te dispararon cerca.
—¿Eso debería tranquilizarme?
—No.
Chloe consiguió beber.
Victor esperó.
Cuando el temblor disminuyó, se levantó.
—Ahora cuéntamelo.
Ella miró a Javier, que permanecía junto a la puerta.
—¿Quiénes son ustedes?
—Esa respuesta no te ayudará.
—Pues usted quiere respuestas.
Victor permaneció inmóvil.
—Yo hago las preguntas porque soy el único motivo por el que sigues viva.
Aquello la enfadó.
Bien.
La rabia era más útil que el pánico.
Chloe se puso de pie.
—Soy auditora forense.
Victor arqueó una ceja.
—¿Han organizado una ejecución internacional por una hoja de cálculo?
—No era una hoja cualquiera.
Sacó del bolsillo de la chaqueta de Victor una memoria USB.
La sostuvo entre dos dedos.
—Estábamos auditando una empresa de logística en Southside.
Victor dejó de pestañear.
—¿Nombre?
—Meridian Freight.
Conocía la empresa.
No demasiado bien.
Una compañía mediana que trabajaba con los muelles.
—Encontré discrepancias —continuó Chloe—. Cargamentos que entraban al puerto pero desaparecían de los registros antes de llegar a los almacenes. Los pesos no coincidían con el producto declarado. Había empresas fantasma, facturas duplicadas y transferencias internacionales.
—¿Contrabando?
—Armas.
Javier miró a Victor.
Chloe continuó.
—Cajas procedentes de Europa del Este. Componentes militares. Rifles. Explosivos. Posiblemente munición perforante.
Victor tomó la memoria.
—¿Quién controla la empresa?
—Eso intentaba descubrir.
—¿Y alguien detectó tu búsqueda?
—Anoche. Cuando salí del trabajo, un coche intentó sacarme de la carretera.
Se abrazó.
—Abandoné mi coche y corrí al hotel. Había mucha gente. Seguridad. Pensé que…
—Que no dispararían delante de quinientas personas.
—Sí.
Victor observó la memoria.
—Te equivocaste.
Chloe bajó la mirada.
—Ya lo sé.
Victor conectó el dispositivo a un portátil encriptado.
Durante veinte minutos revisó los archivos.
Las cifras eran complejas.
Pero conocía el lenguaje.
Los puertos.
Los pesos.
Las rutas.
Las compañías.
Finalmente encontró un nombre.
Apex Holdings.
Una empresa propietaria de varios depósitos.
Victor se quedó inmóvil.
—¿Qué ocurre? —preguntó Chloe.
No contestó.
Abrió otro archivo.
Una sociedad pantalla.
Después otra.
Y otra.
Hasta llegar al beneficiario final.
Javier se acercó.
—Jefe…
Victor giró el portátil.
En la pantalla había un nombre.
Rossi Maritime Consolidated.
Chloe frunció el ceño.
—Rossi.
Miró a Victor.
Después a Javier.
—¿Eso es suyo?
Victor no respondió inmediatamente.
Porque la respuesta era peor de lo que Chloe imaginaba.
Sí.
Era suyo.
Pero él nunca había autorizado aquellas operaciones.
Nunca había permitido entrada de armamento extranjero.
Nunca había visto aquellas cuentas.
Eso significaba una sola cosa.
El enemigo que perseguía a Chloe no estaba simplemente entrando en su territorio.
Ya estaba dentro de su organización.
Y alguien con acceso a sus empresas llevaba meses construyendo un ejército utilizando el apellido Rossi como cobertura.
Victor cerró lentamente el ordenador.
Chloe lo observó.
—¿Qué significa?
Él levantó los ojos.
—Significa que los hombres que te persiguen probablemente sepan dónde estamos antes que nosotros.
En ese instante sonó el teléfono de Javier.
Una vez.
Dos.
Contestó.
Su expresión cambió.
—¿Qué?
Escuchó.
Después miró a Victor.
—El apartamento de ella acaba de explotar.
Chloe dejó de respirar.
—¿Mi apartamento?
Javier no suavizó la respuesta.
—Incendio provocado.
—Mi gato…
Nadie respondió.
Chloe miró a Victor.
Su rostro se desmoronó.
Pero Victor apenas pudo acercarse antes de que Javier añadiera:
—Y hay otra cosa.
Victor lo miró.
—Habla.
—La orden para vigilar a la chica salió de una terminal interna.
Silencio.
—¿De quién? —preguntó Victor.
Javier tragó saliva.
—De la oficina de tu hermano.
Y por primera vez aquella noche, el hombre más peligroso de la sala sintió miedo.
No por sí mismo.
Por la posibilidad de que toda la vida que había construido fuera una mentira.
PARTE 2 — CUANDO LOS MONSTRUOS SE CONOCEN ENTRE ELLOS
El hermano menor de Victor se llamaba Marco.
Treinta y cuatro años.
Educado en Columbia.
Elegante.
Encantador.
El tipo de hombre que podía sentarse junto a un senador durante una cena y conseguir que olvidara que estaba hablando con un criminal.
Marco manejaba buena parte de las empresas legítimas.
Mientras Victor controlaba personas, Marco controlaba números.
Y si las órdenes para perseguir a Chloe habían salido de su oficina, solo existían dos posibilidades.
Alguien había comprometido sus sistemas.
O Marco era un traidor.
Victor no sabía cuál prefería.
Chloe permaneció sentada frente al portátil.
No hablaba.
Había preguntado tres veces por su gato.
Nadie había podido confirmarle nada.
A la cuarta dejó de preguntar.
Eso preocupó a Victor más que el llanto.
Se acercó.
—Chloe.
—Tenía siete años.
Victor esperó.
—Lo adopté cuando era un cachorro. Era ridículo. Tenía una oreja rota y odiaba a todo el mundo excepto a mí.
Miró sus manos.
—Todo lo que tenía estaba allí.
—Lo sé.
—No, no lo sabe.
Victor aceptó el golpe.
—No.
Chloe levantó la mirada.
—Yo tenía una vida ayer.
No sabía qué responder.
Ella soltó una risa vacía.
—Una vida aburrida. Me quejaba de ella. Me quejaba del alquiler. De mi jefe. Del tráfico.
Las lágrimas comenzaron a caer.
—Daría cualquier cosa por estar otra vez atrapada en el tráfico.
Victor se acercó.
Chloe negó con la cabeza.
—No me toque.
Él se detuvo.
—Necesito pensar.
—Hazlo.
Chloe miró el ordenador.
—Los hombres que hicieron esto utilizan dinero.
Victor esperó.
—Las personas dejan huellas cuando gastan dinero.
Sus ojos habían cambiado.
El miedo seguía allí.
Pero había algo nuevo.
Rabia.
—Déjeme trabajar.
Durante las siguientes horas Chloe rastreó compañías fantasma.
Victor la observaba.
Aquella mujer que unas horas antes no podía sostener un vaso ahora desmantelaba estructuras financieras con una concentración implacable.
—Mira esto —dijo finalmente.
Victor se acercó.
—Los cargamentos pasan por Apex Holdings. Pero Apex paga almacenaje a otra compañía.
—¿Cuál?
—Northstar Cold Storage.
Javier frunció el ceño.
—Cerró hace siete años.
—Legalmente —respondió Chloe.
Mostró otra tabla.
—Sigue pagando electricidad industrial.
Victor comprendió.
—Un almacén fantasma.
—Más grande.
Chloe abrió un mapa.
—Está conectado a una vía ferroviaria abandonada.
Javier miró la ubicación.
—La antigua planta cárnica.
Victor conocía el edificio.
Hormigón.
Sin viviendas alrededor.
Perfecto para ocultar armas.
—¿Cuándo llegó el último cargamento?
Chloe revisó fechas.
Su rostro cambió.
—Hace tres días.
—¿Cantidad?
—La mayor hasta ahora.
Victor se enderezó.
No podía esperar.
Si alguien estaba acumulando armas utilizando sus empresas, aquella persona se preparaba para algo.
Una guerra.
Un golpe interno.
O ambos.
—Javier.
—Sí.
—Reúne a los hombres.
Chloe levantó la mirada.
—¿Qué va a hacer?
—Cerrar el almacén.
—¿Con la policía?
Victor la miró.
Ella comprendió.
—No.
—No.
Javier salió.
Victor tomó su chaqueta.
—Usted se queda aquí.
Chloe soltó una risa incrédula.
—¿Después de todo esto?
—Precisamente.
—No me gusta recibir órdenes.
—Acostúmbrate.
Victor dejó un teléfono sobre la mesa.
—Solo llama a este número.
Después colocó junto a él un arma.
Chloe retrocedió.
—No.
—Sí.
—No sé utilizarla.
—Entonces espera no tener que hacerlo.
—Victor.
Era la primera vez que pronunciaba su nombre.
Él se detuvo.
—¿Va a volver?
La pregunta lo sorprendió.
No por su contenido.
Por la preocupación.
—Sí.
—¿Cómo puede saberlo?
—No lo sé.
Victor abrió la puerta.
—Pero tengo intención de hacerlo.
La planta abandonada parecía muerta.
No lo estaba.
Victor y sus hombres encontraron vigilancia.
Vehículos.
Guardias.
Cajas.
Y personas que definitivamente no pertenecían a Chicago.
La operación fue rápida.
Brutal.
Victor no disfrutaba de la violencia.
Eso era algo que la gente nunca comprendía.
Los hombres realmente peligrosos no necesitaban disfrutarla.
Solo necesitaban no dudar.
Cuando llegaron al almacén principal, encontraron cientos de cajas.
Armas.
Munición.
Explosivos.
Suficiente material para alterar el equilibrio criminal de toda la ciudad.
Y junto a ellas encontraron a Angelo Falcone.
Victor salió de las sombras.
—Angelo.
El hombre palideció.
—Victor.
—Tienes un problema.
—Podemos hablar.
—Habla.
Angelo miró a los hombres armados que lo rodeaban.
—Es negocio.
—Utilizaste mis empresas.
—Marco lo autorizó.
Aquello detuvo a Victor.
—Repite eso.
—Tu hermano hizo el trato.
Javier miró a Victor.
Angelo continuó apresuradamente.
—Los Reyes necesitaban entrada al puerto. Marco necesitaba capital. Yo solo facilité la negociación.
Victor acercó el rostro.
—¿Y Chloe Bennett?
—¿Quién?
Victor lo golpeó contra una caja.
—La auditora.
Angelo comprendió.
—La chica.
—Sí.
—Los Reyes detectaron su acceso.
—¿Ordenaste matarla?
—No fui yo.
—¿Quién?
Angelo tragó saliva.
—Marco.
Victor sintió que algo se enfriaba dentro de él.
—¿Por qué?
—Porque ella podía demostrar que él estaba desviando dinero de tus compañías.
Silencio.
Aquello ya no era simplemente contrabando.
Marco estaba construyendo su propio poder.
—¿Dónde está mi hermano?
Angelo negó.
—No lo sé.
Victor sacó el teléfono.
Llamó a Marco.
No contestó.
Otra vez.
Nada.
Entonces Angelo dijo:
—Si fuera tú, llamaría a la chica.
Victor levantó la mirada.
—¿Por qué?
Angelo sonrió pese al miedo.
—Porque encontraron la dirección del refugio.
Victor sintió un golpe en el pecho.
—¿Qué?
—El servidor registró su conexión.
Victor salió corriendo.
Chloe escuchó el primer ruido a las dos y cuarenta y uno.
Un roce metálico.
Se quedó inmóvil.
La habitación estaba en silencio.
Otro ruido.
Junto a la puerta.
Miró el arma.
No quería tocarla.
Entonces recordó el incendio.
Su apartamento.
Su gato.
Los hombres del hotel.
Tomó el revólver.
Sus manos comenzaron a temblar.
Una cerradura se movió.
Chloe retrocedió.
—No…
Otro cerrojo.
Alguien estaba entrando.
La puerta se abrió.
Un hombre levantó una pistola.
Disparó.
La bala golpeó la pared.
Chloe gritó.
Y disparó.
El estruendo la dejó casi sorda.
Volvió a apretar el gatillo.
Después otra vez.
El hombre cayó.
Un segundo atacante retrocedió hacia el pasillo.
Chloe continuó apuntando.
El arma ya no respondió.
Vacía.
Escuchó pasos.
Cerró los ojos.
Entonces una mano apartó el arma.
Chloe lanzó un grito.
—Soy yo.
Victor.
Ella abrió los ojos.
Tenía sangre sobre la camisa y un corte encima de la ceja.
Pero estaba vivo.
Chloe dejó caer el arma.
Después cayó ella.
Victor la sostuvo.
La apretó contra el pecho.
Ella comenzó a temblar.
—Lo maté.
—Sí.
—Yo…
—Te iba a matar.
—Lo maté.
Victor puso una mano detrás de su cabeza.
—Chloe.
Ella no respondió.
—Mírame.
Levantó los ojos.
—Sigues aquí.
Las lágrimas aparecieron.
—No sé si eso es bueno.
Victor no tuvo respuesta.
Por primera vez desde que la conocía, no intentó tenerla.
Simplemente la sostuvo.
Horas después, Chloe estaba en la mansión Rossi.
Había lavado sus manos cinco veces.
Victor la encontró haciéndolo por sexta.
—Para.
Ella siguió.
—Chloe.
Cerró el grifo.
—No puedo quitarme el olor.
—No hay nada.
—Yo lo huelo.
Victor se quedó detrás.
No la tocó.
—Marco desapareció.
Chloe miró su reflejo.
—¿Su hermano?
—Sí.
—¿Cree que intentará matarme?
—Creo que intentará matar a los dos.
Chloe respiró.
—Entonces tenemos el mismo problema.
Victor dejó un sobre sobre el mármol.
—No.
—¿Qué es?
—Un pasaporte. Nueva identidad. Dinero. Un vuelo.
Chloe lo miró.
—¿Adónde?
—Suiza.
—¿Quiere que me marche?
—Quiero que sobrevivas.
—No es lo mismo.
—Es suficiente.
Chloe abrió el sobre.
Podía hacerlo.
Desaparecer.
Olvidar Chicago.
Intentar empezar de nuevo.
Después recordó algo.
—He revisado sus cuentas.
Victor frunció el ceño.
—¿Qué?
—Mientras esperaba en el refugio.
—¿Mientras esperabas que entraran asesinos decidiste auditarme?
—Estaba nerviosa.
Victor se quedó mirándola.
Chloe casi sonrió.
—Tiene pérdidas enormes en sus negocios legales.
—Gracias.
—Su abogado principal desvía dinero.
La sonrisa de Victor desapareció.
—¿Quién?
—Coleman.
Victor la observó.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Trabaja para mi familia desde hace veinte años.
—Entonces lleva veinte años aprendiendo dónde esconderlo.
Victor tomó aire.
Chloe colocó el pasaporte sobre la mesa.
—Su problema no es que tenga demasiados enemigos.
Se acercó.
—Su problema es que confía en las personas equivocadas.
Victor no respondió.
—Yo puedo encontrar a Marco.
—¿Cómo?
—Él puede apagar teléfonos. Cambiar coches. Usar nombres falsos.
Chloe señaló su propia cabeza.
—Pero no puede dejar de gastar dinero.
Victor la observó.
—¿Quieres quedarte?
—Quiero recuperar mi vida.
—Eso ya no existe.
La frase dolió.
Pero Chloe asintió.
—Entonces quiero construir otra.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Sé exactamente lo que digo.
Victor se acercó.
—Mi mundo destruye gente.
—El suyo ya destruyó mi apartamento.
—Puede destruirte a ti.
—Entonces enséñeme a sobrevivir.
Victor la miró durante un largo momento.
—Una vez que entres, quizá no puedas salir.
Chloe sostuvo su mirada.
—Ya crucé esa puerta cuando le pedí que me besara.
Algo cambió entre ellos.
Victor levantó una mano.
Tocó suavemente su rostro.
—Eso fue una mala decisión.
—Ha habido varias desde entonces.
—Esta podría ser peor.
—Probablemente.
Victor sonrió por primera vez.
Muy poco.
Pero Chloe lo vio.
Después él se inclinó.
Esta vez el beso no escondía nada.
No había francotiradores.
No había público.
No había necesidad de fingir.
Y quizá por eso resultó mucho más peligroso.
PARTE 3 — LA MUJER QUE APRENDIÓ A VER EL TABLERO
Durante tres semanas, Chloe convirtió una habitación de la mansión Rossi en un centro de operaciones financiero.
No llevaba vestidos.
No llevaba tacones.
Vestía pantalones cómodos, bebía demasiado café y llenaba pizarras con nombres, sociedades y flechas.
Victor la observaba trabajar.
Ella veía cosas que sus hombres nunca habrían detectado.
Un pago demasiado pequeño.
Una transferencia hecha a una hora extraña.
Un hotel facturado mediante una empresa que llevaba años inactiva.
Finalmente encontró a Marco.
—Está en Canadá —dijo.
Victor se acercó.
—¿Cómo?
—Una sociedad controlada por él pagó combustible para un avión privado. Después alguien utilizó una tarjeta secundaria en Montreal.
Javier miró el mapa.
—Puede ser una trampa.
—Probablemente —respondió Chloe.
Victor la miró.
—¿Desde cuándo dices “probablemente” sobre trampas con tanta tranquilidad?
—Desde que intentaron asesinarme tres veces.
—Dos.
Chloe arqueó una ceja.
—Quemar mi apartamento cuenta.
—Bien. Tres.
El encuentro con Marco no fue espectacular.
No hubo una guerra.
Victor organizó la captura lejos de civiles.
Cuando volvió a casa, llevaba la expresión de un hombre que acababa de enterrar algo mucho más profundo que un hermano.
Chloe estaba despierta.
—¿Está muerto?
Victor dejó la chaqueta.
—No.
Aquello la sorprendió.
—¿Por qué?
—Porque necesitaba elegir algo distinto.
Chloe comprendió.
No preguntó qué ocurriría con Marco.
Algunas respuestas no mejoraban nada.
Victor se sentó frente a ella.
—Tenías razón.
—¿Sobre qué?
—Confiaba en la gente equivocada.
—Eso ocurre.
—No a mí.
Chloe sonrió.
—Su ego sigue perfectamente sano.
Victor la miró.
Después tomó su mano.
Aquel pequeño gesto habría resultado inimaginable unas semanas antes.
—Podrías marcharte ahora —dijo.
—¿Otra vez Suiza?
—El dinero sigue allí.
—No me gusta esquiar.
—Puedes vivir en otro lugar.
Chloe lo observó.
—¿Quiere que me vaya?
Victor tardó demasiado en contestar.
—No.
—Entonces deje de ofrecerlo.
—Quiero que tengas una elección.
Eso cambió algo.
Durante todo aquel tiempo, hombres habían decidido por ella.
Los Reyes habían decidido que debía morir.
Marco había decidido que su conocimiento era peligroso.
Victor había decidido protegerla.
Pero aquella era la primera vez que alguien le ofrecía simplemente elegir.
Chloe entrelazó los dedos con los suyos.
—Entonces elijo quedarme.
—No puedo prometerte una vida normal.
—Mi vida normal tenía alquiler excesivo, un jefe incompetente y un gato que odiaba a los hombres.
Victor bajó la mirada.
Ella sintió dolor.
Todavía.
Probablemente siempre.
Pero ya podía respirar alrededor de él.
—No quiero ser su prisionera —dijo.
—Nunca.
—Ni una mascota bonita que mantiene escondida.
—Definitivamente no eres fácil de esconder.
—Ni quiero convertirme en alguien como usted.
Victor sostuvo su mirada.
—Espero que no lo hagas.
Chloe asintió.
—Entonces podemos intentarlo.
—¿Qué cosa?
Ella sonrió.
—Lo que sea que empezó cuando una contable desconocida decidió besar al hombre más aterrador de una fiesta.
Victor se inclinó.
—Sigo pensando que fue una pésima estrategia.
—Funcionó.
—Estadísticamente, fue suicida.
—Pero funcionó.
—Tu obsesión con tener razón empieza a preocuparme.
—Soy auditora.
Victor la besó.
Esta vez despacio.
Sin sangre.
Sin disparos.
Sin nadie mirando.
Meses después, en ciertos eventos de la ciudad, comenzaron a circular rumores.
Victor Rossi ya no acudía solo.
La mujer que lo acompañaba no pertenecía a una vieja familia.
No era una heredera.
No era actriz.
Ni modelo.
Se llamaba Chloe Bennett.
Y había algo en ella que incomodaba a ciertos empresarios.
Recordaba números.
Hacía preguntas.
Y sonreía de una forma extraña cuando alguien decía que una cuenta “no era importante”.
La mayoría ignoraba cómo se habían conocido.
Algunos aseguraban que Victor la había contratado.
Otros decían que ella le había salvado la vida.
Ninguno conocía la verdad completa.
Que una noche, rodeada de hombres ricos que jamás habrían arriesgado nada por ella, Chloe había buscado al único hombre del salón que parecía más peligroso que quienes intentaban matarla.
Había agarrado su chaqueta.
Había mirado sus ojos oscuros.
Y le había susurrado:
—Bésame. Nos están mirando.
En aquel instante creyó que estaba utilizando a un monstruo para esconderse de otros monstruos.
Nunca imaginó que aquel beso destruiría su antigua vida.
Nunca imaginó que descubriría una conspiración capaz de enfrentar a hermanos.
Ni que terminaría aprendiendo que Victor no era un héroe.
No lo era.
Tal vez nunca podría serlo.
Pero tampoco era simplemente el monstruo que todos veían desde lejos.
Era un hombre construido a base de secretos, pérdidas y miedo.
Y Chloe comprendía las estructuras ocultas.
Era, después de todo, lo que mejor sabía hacer.
Encontrar aquello que todos los demás intentaban esconder.
Incluso dentro de Victor Rossi.
Incluso dentro de sí misma.
La primera vez que lo besó fue porque alguien estaba mirando.
Las siguientes fueron porque, finalmente, ninguno de los dos necesitaba ocultarse.
FIN
(Descargo de responsabilidad: Este contenido puede haber sido generado por IA con fines de entretenimiento. Cualquier parecido con personas, eventos o lugares reales es pura coincidencia.)