🔥 **“TE GUSTE O NO, TE QUEDAS — SÉ QUE ESE BEBÉ ES MÍO”, LE DIJO EL JEFE DE LA MAFIA A SU SECRETARIA**
PARTE 1 — LA RENUNCIA
Las puertas del ascensor se cerraron con un susurro metálico.
Clara Miller quedó sola dentro de aquella caja de acero que ascendía hacia el piso cincuenta y cuatro.
En el bolsillo interior de su abrigo llevaba dos cosas.
Una carta de renuncia.
Y un billete de avión solo de ida a Seattle.
A las siete de la tarde pensaba abandonar Chicago.
A medianoche, si todo salía bien, estaría al otro lado del país.
Y a la mañana siguiente Dominic Russo descubriría que su secretaria de confianza durante tres años había desaparecido.
Clara apoyó una mano sobre el discreto abultamiento bajo su jersey de lana.
Ocho semanas.
Ocho semanas desde la noche en que creyó que iba a morir.
Ocho semanas desde el apagón de seguridad durante la gala benéfica del Hotel Wyndham.
Los hombres armados habían entrado por el vestíbulo.
Dominic la había arrastrado hasta la habitación blindada oculta detrás de la biblioteca de su despacho.
Catorce horas.
Catorce horas escuchando disparos amortiguados detrás de paredes reforzadas.
Catorce horas convencidos de que, en cualquier momento, alguien abriría aquella puerta y terminaría con ellos.
Habían cometido un error.
O quizá habían dejado de fingir.
Clara llevaba tres años observando a Dominic desde su escritorio.
Sabía cómo bebía el café.
Sabía qué cicatriz del nudillo derecho le dolía cuando llovía.
Sabía qué llamadas ignoraba.
Sabía qué hombres le daban miedo aunque él jamás lo admitiera.
Y aquella noche, en la oscuridad de la habitación de pánico, Dominic había dejado de ser durante unas horas el hombre más temido de Chicago.
Había sido simplemente un hombre.
Uno que también creía que iba a morir.
Lo que ocurrió entre ellos había sido desesperado, silencioso y demasiado humano.
Al amanecer ninguno habló de ello.
Dos meses después, Clara sostuvo una prueba de embarazo en su baño y vio dos líneas rosas.
Desde entonces dormía mal.
Comía peor.
Y mentía constantemente.
El ascensor se detuvo.
Piso cincuenta y cuatro.
Clara salió.
La sede privada de Russo Holdings estaba casi vacía.
Cristal blindado.
Madera oscura.
Alfombras lo suficientemente gruesas para absorber pasos, secretos y, probablemente, disparos.
Clara había aprendido hacía mucho que trabajar para Dominic Russo requería tres habilidades fundamentales:
ver todo,
recordarlo todo,
y no preguntar por nada.
Oficialmente Dominic era un empresario de transporte, construcción y bienes raíces.
Extraoficialmente, ningún camión importante cruzaba cierto sector de Chicago sin que alguien de su organización lo supiera.
Clara había dedicado tres años a gestionar agendas que incluían reuniones con políticos, banqueros, líderes sindicales y hombres que jamás daban su apellido.
Y ahora quería salir.
Antes de que Dominic descubriera lo único que no estaba dispuesta a poner bajo su control.
Su hijo.
Entró en su despacho sin llamar.
Nunca llamaba.
Dominic estaba sentado detrás de un enorme escritorio de caoba, revisando un libro contable.
Camisa blanca.
Mangas arremangadas.
La chaqueta colgada sobre el respaldo de una silla.
Las líneas negras de un tatuaje desaparecían bajo la tela de su antebrazo.
—Los permisos del proyecto del río —dijo él sin levantar la vista—. El concejal está retrasando la firma.
Clara dejó una carpeta junto a su mano.
—Está solucionado. La consultora del sindicato le enviará el nuevo acuerdo mañana.
Dominic dejó de escribir.
Finalmente levantó la cabeza.
Sus ojos oscuros se clavaron en ella.
Clara sintió cómo le recorría un escalofrío.
—Estás pálida.
—Estoy resfriada.
—No estornudas.
—Gracias por el diagnóstico.
Colocó sobre el escritorio el sobre color crema.
Perfectamente alineado con el borde.
Dominic lo miró.
No lo tocó.
—Una renuncia.
No era una pregunta.
—Efectiva hoy.
Dominic se reclinó lentamente.
—¿Por qué?
—Necesito un cambio.
—No.
Clara parpadeó.
—¿No qué?
—No necesitas un cambio.
—Me alegra saber que también administra mis necesidades personales.
Dominic entrelazó las manos.
—Te pago tres veces el salario del mercado. Cubrí la deuda de juego de tu hermano sin que él supiera de dónde salió el dinero. El centro donde vive tu madre está pagado durante diez años. No estás huyendo por cuestiones económicas.
Clara sintió hervir la sangre.
—Nunca le pedí que hiciera ninguna de esas cosas.
—Lo sé.
—Entonces no las use como una cadena.
Algo en los ojos de Dominic se endureció.
—¿Quién te ofreció trabajo?
—Nadie.
—Entonces estás huyendo.
Clara respiró despacio.
—Estoy dimitiendo.
Dominic se levantó.
Su sola presencia alteró la habitación.
No era especialmente gigantesco.
No lo necesitaba.
Había hombres mucho más altos que él que bajaban la mirada cuando entraba en una sala.
Rodeó el escritorio.
—Mírame.
Clara levantó la barbilla.
—Te estoy mirando.
Dominic se detuvo frente a ella.
Su mirada descendió brevemente hasta el jersey holgado.
Volvió a sus ojos.
—Has dejado el café.
El corazón de Clara dio un golpe.
—Me estaba provocando ansiedad.
—Bebías cuatro tazas diarias desde que llegaste.
—Las personas cambian.
—Ahora bebes té de jengibre.
Clara no respondió.
—Cambiaste los tacones por zapatos planos.
—Me dolían los pies.
—Te mareaste en la reunión de Capaldi porque encendió un puro.
—Había comido algo en mal estado.
Dominic avanzó medio paso.
—Hace tres semanas cancelaste la reserva de sushi de nuestro almuerzo.
Clara sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies.
—No me apetecía.
—Y hace once días pediste a Recursos Humanos una copia privada de tu seguro médico.
Silencio.
Clara tragó saliva.
Dominic siempre sobrevivía porque veía lo que otros ignoraban.
¿Por qué había imaginado que no vería aquello?
—Estoy cansada —dijo ella.
—Estás mintiendo.
—Dominic…
Fue la primera vez en tres años que pronunciaba su nombre dentro del despacho.
Algo cambió en su rostro.
—¿Qué estás ocultándome?
—Nada.
—Clara.
—Déjelo.
—No.
La respuesta fue tranquila.
Eso era peor.
Clara retrocedió.
—No todo en mi vida es asunto suyo.
—Cuando intentas desaparecer de la noche a la mañana después de tres años trabajando directamente conmigo, sí.
—No soy propiedad de Russo Holdings.
—Nunca dije eso.
—Entonces firme la renuncia.
Dominic miró el sobre.
Lo tomó.
Clara contuvo el aliento.
Él lo abrió.
Leyó.
Después levantó lentamente la vista.
—Seattle.
El estómago de Clara se encogió.
—¿Qué?
Dominic sacó de entre las hojas una copia del itinerario de vuelo.
Clara palideció.
—Eso estaba en mi bolso.
—Estaba.
—Registró mis cosas.
—Mi equipo de seguridad lo hizo esta mañana.
La furia sustituyó al miedo.
—¿Con qué derecho?
—Con el derecho que me concede tener enemigos que llevan meses intentando encontrar una debilidad en mi organización.
—Yo no soy una debilidad.
Dominic la miró durante un largo instante.
—Precisamente.
Dejó el billete sobre el escritorio.
—Eres la única persona de este edificio a la que no considero reemplazable.
Clara sintió que aquella frase golpeaba una parte de ella que llevaba semanas intentando ignorar.
—Eso no cambia nada.
—Entonces dime la verdad.
—No.
Dominic accionó un botón bajo la mesa.
Las puertas de roble del despacho se cerraron automáticamente.
Clara dio un paso atrás.
—Ábralas.
—Cuando me digas qué está pasando.
—Esto es secuestro.
—Esto es una conversación.
—Las conversaciones normalmente permiten salir de la habitación.
Dominic avanzó.
Clara terminó contra el borde del sofá.
—¿Te amenazaron?
—No.
—¿Los Moretti?
—No.
—¿El FBI?
—No.
—¿Alguien contactó a tu familia?
—¡Nadie!
La palabra salió demasiado fuerte.
Dominic guardó silencio.
Clara sintió que las lágrimas le quemaban los ojos.
—Solo quiero irme.
Su voz se quebró.
Dominic la observó.
Después miró hacia abajo.
Hacia su vientre.
Y Clara comprendió que ya era tarde.
—¿De cuánto estás?
Ella sintió que dejaba de respirar.
—No sé de qué habla.
—Clara.
—No.
Dominic se acercó.
—Ocho semanas.
No fue una pregunta.
Clara cerró los ojos.
—Ocho semanas desde aquella noche.
Ella abrió los ojos.
Él sabía exactamente.
—No puede estar seguro.
—Sí puedo.
—Dominic…
—Mírame y dime que no es mío.
Clara abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
Él soltó una respiración lenta.
Casi rota.
—Lo sabía.
—No sabe nada.
Clara se cubrió instintivamente el abdomen.
Fue la confirmación definitiva.
La mirada de Dominic cayó sobre sus manos.
Cuando volvió a sus ojos, algo oscuro y feroz había aparecido en él.
—¿Pensabas subirte a un avión?
—Sí.
—¿Embarazada de mi hijo?
—De mi hijo.
Dominic se quedó completamente quieto.
—También es mío.
—No pienso criar un bebé en este mundo.
—Nadie tocará a ese niño.
—No puede garantizarlo.
—Puedo garantizar muchas cosas.
—¿Como la gala? ¿Como los hombres que entraron disparando en su propio edificio?
Aquello lo alcanzó.
Clara lo vio.
—Esta es su vida —continuó—. Gente armada. Venganzas. Sobornos. Hombres que desaparecen. ¿Y quiere que yo espere tranquilamente a que alguien descubra que tiene un hijo?
Dominic apretó la mandíbula.
—Voy a protegeros.
—Ese es exactamente el problema.
—No entiendes.
—Entiendo demasiado.
Dominic tomó la carta de renuncia.
La rasgó por la mitad.
Clara lo miró incrédula.
Él volvió a romperla.
Los pedazos cayeron sobre el escritorio.
—¿Qué demonios está haciendo?
—Cancelando una decisión suicida.
—No puede cancelar mi decisión.
—El vuelo sí.
—No se atrevería.
Dominic sacó el teléfono.
—Sullivan.
Clara sintió una oleada de rabia.
—No.
—Cancela la reserva de Miller. Prepara el ala este del ático.
Clara intentó arrebatarle el teléfono.
Dominic la sostuvo por la muñeca.
No con violencia.
Pero con absoluta firmeza.
—Suélteme.
Él terminó la llamada.
Después la soltó.
—Esta noche te mudas arriba.
—No.
—Sí.
—No soy su prisionera.
—No.
Dominic la contempló.
—Eres la madre de mi hijo.
—Eso no le da autoridad sobre mí.
Una pausa.
—No debería.
Aquella respuesta la sorprendió.
Pero entonces añadió:
—Sin embargo, hasta que sepa quién está filtrando información a nuestros enemigos, no vas a salir sola de este edificio.
—No puede hacer esto.
—Ya lo hice.
Clara sintió lágrimas de impotencia.
—Lo odio.
Algo pasó por los ojos de Dominic.
Dolor.
Breve.
Real.
—Puedes odiarme viva.
Se acercó.
Su voz descendió hasta convertirse en un murmullo.
—Te guste o no, te quedas. Sé que ese bebé es mío.
Tres horas después Clara estaba en el piso sesenta y dos.
El ático de Dominic no parecía una casa.
Parecía un búnker diseñado por un arquitecto millonario.
Cristal blindado.
Acero oculto en las paredes.
Sensores.
Ascensor privado.
Sullivan esperaba en el vestíbulo.
—Señor Russo.
—La señorita Miller ocupará el ala este.
Dominic comenzó a dar órdenes.
Guardias adicionales.
Control biométrico.
Médico privado.
Comida revisada.
Vehículos blindados.
Clara escuchaba horrorizada.
—¿Terminó?
Dominic se giró.
—Por ahora.
—Entonces escúcheme usted.
Clara se acercó.
—No voy a ser un objeto almacenado en una caja fuerte.
—No eres un objeto.
—Acaba de cambiar mi domicilio sin preguntarme.
—Tu apartamento no es seguro.
—Es mío.
—Era.
Clara sintió deseos de golpearlo.
—Usted no comprende el concepto de límites.
—Comprendo perfectamente los límites.
Dominic señaló las ventanas.
—Y sé qué ocurre cuando los enemigos los cruzan.
Clara lo miró con desprecio.
—¿Eso es lo que cree que significa ser padre? ¿Construir paredes?
Dominic no respondió.
Por primera vez pareció no tener una respuesta preparada.
Aquella noche Clara durmió sola.
Con la puerta cerrada.
Y una silla colocada frente al pomo.
Tres semanas después escuchó por primera vez el corazón de su hijo.
Dominic había llevado al médico hasta el ático.
Clara protestó.
No sirvió de nada.
El doctor extendió gel sobre su abdomen.
La pantalla se iluminó.
Una pequeña forma apareció entre sombras grises.
Entonces sonó.
Rápido.
Fuerte.
Constante.
Clara dejó de respirar.
El doctor sonrió.
—Ciento sesenta y dos pulsaciones. Perfecto.
Clara miró a Dominic.
Él se había acercado sin que ella lo notara.
Estaba contemplando la pantalla.
Y temblaba.
Solo las manos.
Casi imperceptiblemente.
Pero Clara conocía demasiado bien aquel hombre.
Sabía que Dominic Russo no temblaba.
Ni cuando le apuntaban.
Ni cuando perdía millones.
Ni cuando enterraba amigos.
Sin embargo, al ver aquella pequeña vida, sus dedos temblaban.
—Imprima la imagen —ordenó.
Su voz salió ronca.
El médico obedeció.
Dominic tomó la fotografía.
La observó durante mucho tiempo.
Clara sintió algo peligroso.
Porque por primera vez comprendió que él no estaba protegiendo solamente un heredero.
Amaba ya a aquel niño.
De una forma torpe.
Violenta.
Territorial.
Pero real.
—Necesito salir —dijo Clara.
Dominic guardó la ecografía en el bolsillo.
—No.
—Dominic.
—Hay una guerra en marcha.
—Llevo tres semanas aquí.
—Seguirás aquí.
—Voy a volverme loca.
Él endureció el rostro.
—Prefiero que me odies a enterrarte.
Se marchó.
Clara observó la puerta cerrarse.
Y comprendió que aquel hombre estaba dispuesto a convertir el mundo entero en una prisión con tal de evitar perderlos.
Lo que todavía no sabía era que el enemigo ya estaba dentro.
PARTE 2 — LA JAULA DE CRISTAL
Cinco noches después Dominic regresó herido.
Clara lo encontró en su estudio a las dos de la madrugada.
Había sangre en la manga de su camisa.
—Siéntese.
—Estoy bien.
—Está goteando sobre una alfombra que probablemente cuesta más que mi universidad.
Dominic la miró.
—Eso te preocupa.
—Me preocupa tener que explicar la mancha.
Clara abrió el botiquín.
—Camisa fuera.
—Clara…
—Ahora.
Dominic obedeció.
Ella limpió la herida.
Una bala había rozado el bíceps.
Nada grave.
Pero el torso de Dominic estaba lleno de cicatrices.
Disparos.
Cuchillos.
Una vida entera escrita sobre la piel.
—Los rusos atacaron un traslado —dijo.
Clara continuó vendando.
—¿Sabían la ruta?
—Sí.
—Entonces tiene una filtración.
Dominic la miró.
—Eso creo.
—¿Quién conocía el horario?
—Cinco hombres.
Pausa.
—Y tú.
Las manos de Clara se detuvieron.
—¿Me está acusando?
—No.
Dominic sujetó suavemente su muñeca.
—Pero mis capitanes sí lo harán.
—Qué encantador.
—Por eso no sales de aquí.
Clara levantó los ojos.
—¿De verdad cree que encerrarme es protección?
—Ahora mismo, sí.
—Está equivocado.
—Tal vez.
La sinceridad volvió a desconcertarla.
Dominic soltó su muñeca.
—Pero si te saco de aquí y ocurre algo, no habrá una segunda oportunidad para descubrirlo.
Dos días después Clara exigió su portátil.
Sullivan intentó negarse.
Clara lo miró durante cinco segundos.
—Llevo tres años organizando la vida del hombre para el que trabaja. Créame, Sullivan, puedo conseguir ese ordenador con usted o sin usted.
Diez minutos después lo tenía.
Empezó a investigar.
No las rutas.
El dinero.
Los hombres podían mentir.
Las cuentas eran menos creativas.
Comparó transferencias.
Fechas.
Empresas pantalla.
Contratos.
Durante dos días apenas durmió.
Al tercero encontró algo.
Apex Logistics.
Una empresa registrada tres meses antes.
Cuatro transferencias procedentes de un fondo relacionado con una organización rusa.
La dirección IP utilizada para crear la sociedad pertenecía a un servidor de una importadora de cigarros.
Clara conocía aquella empresa.
Paulie Mancuso.
El hombre más antiguo de Dominic.
Su padrino mafioso.
Su mentor.
Prácticamente un tío.
Clara sintió frío.
Paulie sabía todo.
Rutas.
Códigos.
Horarios.
Incluso la existencia del ático.
Cerró el portátil.
Tenía que encontrar a Dominic.
Entonces sonó el ascensor.
Clara se detuvo.
Dominic siempre avisaba.
Sullivan estaba en el vestíbulo.
La puerta se abrió.
—Paulie.
La voz de Sullivan.
Clara permaneció escondida tras una columna.
—Tenemos problemas —dijo Paulie—. El FBI entró en el almacén del sur. Dominic quiere que vayas.
—¿Dónde está él?
—Moviéndose.
—Voy a confirmarlo.
—No hay tiempo.
Silencio.
Después Sullivan habló.
—No abandono mi puesto sin confirmación.
La respuesta fue un sonido ahogado.
Un disparo con silenciador.
Después un cuerpo golpeó el suelo.
Clara se cubrió la boca.
—Buscadla —ordenó Paulie—. Los rusos la quieren viva.
Pasos.
—Y cuidado con el estómago. El niño es la presión que necesitamos sobre Dominic.
Clara sintió un terror que jamás había conocido.
No miedo por sí misma.
Miedo por alguien a quien todavía no había sostenido en brazos.
Corrió.
Los hombres la vieron.
Un disparo destrozó un jarrón junto a su cabeza.
Clara cruzó el pasillo.
Llegó al estudio de Dominic.
Cerró.
Bloqueó.
Buscó el panel de seguridad.
Código.
Error.
Dominic había cambiado la contraseña.
La puerta comenzó a recibir golpes.
—Clara —gritó Paulie—. Abre.
Ella tecleó otra combinación.
Error.
—No te haremos daño.
—Mentiroso.
—Dominic va a perder esta guerra. Tú puedes sobrevivir.
Disparos contra la cerradura.
Clara se metió debajo del escritorio.
Rodeó su vientre con los brazos.
La puerta cedió.
Paulie entró.
Se agachó.
La encontró.
—Se acabó.
El arma apuntó directamente hacia ella.
Y entonces el ventanal explotó.
El sonido fue brutal.
Paulie giró.
Una figura atravesó la tormenta.
Dominic.
Había llegado por la plataforma exterior de mantenimiento.
Cubierto de lluvia.
Sangre.
Cristales.
Disparó.
Paulie cayó.
Los otros hombres aparecieron en la puerta.
Dominic reaccionó.
Segundos después, todo terminó.
Clara permaneció paralizada.
Dominic dejó caer el arma.
Se arrodilló.
—Clara.
Ella salió de debajo del escritorio.
—Estoy bien.
—¿Te tocaron?
—No.
Dominic buscó heridas en su rostro.
—¿El bebé?
—Estoy bien.
Entonces ella lo abrazó.
No lo decidió.
Simplemente ocurrió.
Dominic la estrechó contra él.
Estaba temblando.
—Pensé que había llegado tarde.
Clara enterró el rostro contra su pecho.
—Era Paulie.
Dominic se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Encontré las transferencias. Apex Logistics. Era él.
La expresión de Dominic se quebró.
Paulie había sido familia.
Más familia que muchos hombres con su sangre.
Clara vio cómo el dolor se convertía en algo frío.
—Lo siento.
Dominic miró el cuerpo.
Después a ella.
—No.
—¿No qué?
—Lo siento yo.
Clara frunció el ceño.
—Te encerré aquí.
Su voz era apenas audible.
—Te convertí en una fortaleza porque pensé que podía controlar todas las variables.
Miró el cristal roto.
—Y el enemigo entró por la puerta principal.
Clara no supo qué responder.
Dominic le limpió una pequeña herida de la mejilla.
—Te vas.
Ella quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Suiza. Tengo una propiedad allí que nadie conoce.
—¿Me está expulsando?
—Te estoy sacando del alcance de mi vida.
—Hace tres semanas decía que jamás me iría.
—Hace tres semanas creía que era suficiente hombre para manteneros aquí.
La frase la golpeó.
Dominic miró su vientre.
—No lo soy.
—Dominic…
—Tenías razón.
Sus ojos estaban vacíos.
—Este mundo no sirve para un niño.
—¿Y usted?
—Yo hice mi elección hace muchos años.
—¿Y nosotros?
Dominic tardó.
—Vosotros todavía podéis elegir.
El vuelo estaba preparado para las seis de la mañana.
A las cinco Clara tenía la maleta lista.
Sullivan había sobrevivido.
La bala le había rozado el hombro y estaba abajo esperando para escoltarla.
Clara se sentó sobre la cama.
Había obtenido exactamente lo que deseaba.
Una salida.
Seguridad.
Distancia.
Sin embargo, algo estaba mal.
Pensó en aquella noche de la habitación blindada.
En el corazón del bebé.
En Dominic mirando la pantalla.
En sus manos temblando.
En el hombre atravesando un ventanal durante una tormenta porque ella estaba detrás.
Nada de aquello convertía sus crímenes en virtud.
Dominic seguía siendo Dominic.
Pero Clara había pasado tres años comprendiendo algo que muchos no comprendían:
él podía cambiar estrategias.
Podía destruir empresas.
Podía reorganizar una ciudad.
Pero no sabía cómo cambiarse a sí mismo.
Porque nadie se lo había exigido nunca.
Clara se levantó.
Dejó la maleta.
Y caminó hacia el estudio.
PARTE 3 — LA ELECCIÓN
Dominic estaba solo.
Miraba Chicago a través del panel provisional que cubría el cristal roto.
—El auto está abajo —dijo sin girarse.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué sigues aquí?
Clara se acercó.
—Porque necesito saber algo.
Dominic finalmente la miró.
—¿Qué?
—Si me quedo, ¿qué cambia?
Él frunció el ceño.
—No te quedas.
—No he preguntado eso.
Silencio.
Clara continuó:
—No voy a criar a nuestro hijo dentro de una cárcel de lujo.
Dominic bajó la mirada.
—Lo sé.
—No quiero guardias siguiéndome al baño.
—Eso es exagerado.
—Sullivan casi pidió revisar el champú que uso.
—Sullivan es minucioso.
Clara casi sonrió.
—Tampoco quiero pasar cada noche preguntándome si alguien va a dispararle.
Dominic no respondió.
—Así que pregunto otra vez. Si decido quedarme, ¿qué cambia?
Dominic se acercó lentamente.
—Todo lo que pueda.
—No es suficiente.
—Entonces dime qué necesitas.
Aquello sí era nuevo.
Clara respiró.
—Quiero poder salir.
—Con seguridad.
—Negociable.
—No.
—Dominic.
—Dos hombres.
—Uno.
—Dos.
—Uno y Sullivan cuando sea necesario.
Dominic apretó la mandíbula.
—Continúa.
—No vuelves a revisar mis cosas.
Asintió.
—No decides mis médicos sin consultarme.
Otro asentimiento.
—No vuelves a encerrarme.
Dominic tardó más.
—Si el edificio está siendo atacado…
—Una emergencia no cuenta.
—Entonces de acuerdo.
Clara dio otro paso.
—Y este niño no hereda su imperio.
Dominic la miró.
—Clara…
—Puede heredar dinero. Propiedades. Empresas legales. Pero no quiero que a los dieciocho años alguien le entregue una pistola y le explique qué apellido debe defender.
El silencio fue largo.
Finalmente Dominic dijo:
—De acuerdo.
Clara respiró.
—¿Así de fácil?
—No.
Él sonrió sin humor.
—Probablemente sea lo más difícil que me has pedido.
—Bien.
Dominic la observó.
—¿Eso significa que te quedas?
Clara negó suavemente.
—No.
El rostro de Dominic cayó.
Ella continuó:
—Significa que elijo quedarme.
Algo cambió entre ellos.
Pequeño.
Pero fundamental.
Clara colocó una mano sobre su pecho.
—Hay una diferencia.
Dominic cubrió su mano.
—Sí.
—La próxima vez que diga “te guste o no, te quedas”, le romperé algo.
—¿Qué cosa?
—Todavía no lo he decidido.
—Mientras no sea la nariz.
—Su nariz necesita humildad.
Dominic soltó una risa.
La primera desde la traición de Paulie.
Después miró hacia el vientre de Clara.
—¿Puedo?
No tocó.
Preguntó.
Clara sintió cómo algo dentro de ella se relajaba.
—Sí.
Dominic apoyó lentamente la palma.
Todavía era demasiado pronto para sentir movimiento.
Pero no importaba.
Su expresión cambió.
—Tengo miedo —dijo.
Clara parpadeó.
No esperaba escuchar jamás aquellas palabras de Dominic Russo.
—Yo también.
—No sé hacer esto.
—Nadie sabe.
—Puedo administrar una organización de cuatro mil personas.
—Un recién nacido lo destruirá en cuarenta minutos.
—Eso parece poco eficiente.
Clara rió.
Dominic levantó la mirada.
—Te amo.
Ella dejó de reír.
Él tampoco parecía haber planeado decirlo.
—Dominic…
—No espero que me lo digas.
Clara sostuvo sus ojos.
—Bien.
—Eso fue cruel.
—Me encerró tres semanas. Estamos bastante lejos de equilibrar la balanza.
La boca de Dominic se curvó.
Clara apoyó la frente contra la suya.
—Pero puedo quedarme y ver qué hacemos con todo esto.
—Puedo trabajar con eso.
—Claro que puede.
—Clara.
—¿Sí?
Dominic rodeó cuidadosamente su cintura.
—Gracias por no subirte al avión.
Ella cerró los ojos.
—No le dé demasiada importancia. Todavía tengo el billete de Seattle.
—Voy a quemarlo.
—Y yo su colección de puros.
—Eso es terrorismo.
—Entonces compórtese.
A través de las ventanas, Chicago comenzaba a despertar.
La ciudad seguía siendo peligrosa.
Los enemigos no habían desaparecido.
Dominic seguía siendo un hombre con sangre en las manos y demasiados fantasmas detrás.
Clara no se engañaba respecto a eso.
No se quedó porque él pudiera protegerla de todo.
Ni porque creyera que el amor transformaría mágicamente a un criminal en un hombre distinto.
Se quedó porque, por primera vez, Dominic había hecho algo que nunca hacía:
había cedido control.
Había preguntado.
Había escuchado.
Y había aceptado que querer proteger a alguien no significaba poseerlo.
Meses después, cuando su hijo nació, Dominic volvió a temblar.
Clara lo vio tomar al bebé en brazos como si estuviera sosteniendo algo infinitamente más peligroso que cualquier arma.
—Hola —susurró él.
El niño cerró una mano diminuta alrededor de su dedo.
Dominic miró a Clara.
—Creo que acaba de darme una orden.
—Acostúmbrese.
—No soy bueno obedeciendo.
Clara sonrió.
—Lo aprenderá.
Dominic bajó los ojos hacia su hijo.
Y aquella vez no habló de herederos.
No habló de apellidos.
Ni de imperios.
Solo dijo:
—Voy a intentar darte una vida mejor que la mía.
Clara apoyó la cabeza contra su hombro.
Eso era todo lo que había querido escuchar.
Porque una jaula, incluso hecha de cristal blindado, seguía siendo una jaula.
Pero una puerta abierta era una elección.
Y Clara Miller decidió atravesarla en ambas direcciones.
No como secretaria.
No como rehén.
No como la mujer que llevaba al heredero de un imperio.
Sino como la única persona ante quien Dominic Russo había aprendido, finalmente, a bajar las armas.
FIN
(Descargo de responsabilidad: Este contenido puede haber sido generado por IA con fines de entretenimiento. Cualquier parecido con personas, eventos o lugares reales es pura coincidencia.)