🔥 **EL JEFE MAFIOSO LLEVÓ A SU TÍMIDA SECRETARIA A UN GALA COMO UNA BROMA… PERO CUANDO ELLA ENTRÓ, TODOS LOS HOMBRES DE LA SALA SE QUEDARON MIRÁNDOLA**
PARTE 1 — LA MUJER INVISIBLE
Khloe Hayes había convertido el arte de no ser vista en una profesión.
No caminaba encorvada exactamente, pero tampoco erguida. No vestía mal, aunque nadie podría recordar qué había llevado el día anterior. Usaba zapatos ortopédicos, faldas oscuras, jerséis demasiado grandes y unas gafas de carey tan gruesas que parecían construidas para ocultar media cara.
En el piso sesenta y cuatro de la Torre Castellani, aquello era supervivencia.
Los hombres que trabajaban allí tenían relojes de cincuenta mil dólares y cicatrices que nunca explicaban.
Algunos dirigían navieras.
Otros dirigían sindicatos.
Y unos pocos dirigían hombres que podían hacer desaparecer a una persona antes de que terminara el telediario.
Por encima de todos estaba Roman Caster.
Khloe llevaba dos años organizándole la vida.
Sabía que tomaba el café negro, sin azúcar, cuatro minutos después de moler los granos.
Sabía que odiaba recibir llamadas durante el desayuno.
Sabía qué abogados podían despertarse a las tres de la mañana y qué números nunca debían aparecer en el registro telefónico.
Sabía que los martes revisaba las cuentas del puerto.
Y sabía que, si Roman permanecía completamente inmóvil durante una reunión, alguien acababa de cometer un error muy grave.
Nunca le preguntaba nada.
Por eso él la toleraba.
Aquella tarde, Khloe dejó una taza sobre su escritorio sin hacer ruido.
—Los Valente esperan confirmación para las tres.
Roman contemplaba Manhattan desde los ventanales.
Traje gris oscuro.
Espalda ancha.
Manos en los bolsillos.
Parecía aburrido.
En Roman Caster, el aburrimiento era peligroso.
—Cancélalo.
Khloe levantó la vista de la tableta.
—Llevan tres semanas esperando.
—Que esperen cuatro.
Ella tocó la pantalla.
—Cancelado.
Roman se volvió.
Tenía ojos azules, demasiado claros para alguien con su reputación.
Khloe volvió inmediatamente la atención a la tableta.
—El coche estará a las siete para el gala. Su smoking está en el ático. La agencia preguntó si prefiere rubia o morena.
—Cancela también eso.
Khloe detuvo el dedo.
—¿La agencia?
—Sí.
—¿Va solo?
Roman miró el sobre dorado sobre su escritorio.
El gala anual de la Fundación Castellani.
El nombre era respetable.
Los invitados no.
Una vez al año, los jefes de las principales familias criminales de la costa este se ponían smoking, hacían donaciones a hospitales infantiles y fingían durante cinco horas que no pasaban los otros trescientos sesenta y cuatro días extorsionándose mutuamente.
Cada jefe asistía con una mujer espectacular.
Esposa.
Amante.
Modelo.
Actriz.
Trofeo.
Roman odiaba aquella tradición.
Y entonces miró a Khloe.
Cardigan beige.
Gafas gruesas.
Zapatos sin tacón.
Un mechón oscuro intentando escapar de un moño demasiado tirante.
La idea apareció en su cabeza de manera instantánea.
Cínica.
Cruel.
Divertida.
—No voy solo.
Khloe esperó.
—Vienes conmigo.
Durante unos segundos, ninguno habló.
—¿Perdón?
—Necesito acompañante.
—Trabajo mañana a las ocho.
—Eso no tiene ninguna relación con lo que acabo de decir.
Khloe lo miró directamente.
Era algo que casi nunca hacía.
—Señor Caster, no voy a galas.
—Mañana sí.
—No tengo vestido.
—Te llegará uno.
—No sé bailar.
—No te pediré que lo hagas.
—No pertenezco a ese mundo.
Roman sonrió apenas.
—Esa es exactamente la razón.
Khloe comprendió entonces.
—Soy una broma.
Roman no contestó inmediatamente.
Aquello fue respuesta suficiente.
La idea de entrar con la secretaria tímida y mal vestida mientras los demás exhibían modelos debía resultarle deliciosa.
Una burla a los viejos jefes.
Una demostración de que él no necesitaba jugar a su mismo juego.
Khloe apretó la tableta contra el pecho.
—No.
La sonrisa desapareció.
—¿No?
—No voy.
Roman se sentó.
Abrió una carpeta.
—El coche pasa por tu casa a las seis.
—Señor Caster…
—Si no estás abajo, no vengas el lunes.
Khloe se quedó inmóvil.
Roman ni siquiera levantó la cabeza.
No sabía que el seguro médico de aquel trabajo pagaba parte de la diálisis de su madre.
No sabía que Khloe debía todavía treinta y ocho mil dólares de una escuela de arte que había cerrado antes de que ella pudiera graduarse.
No sabía que perder aquel puesto significaba volver a elegir entre el alquiler y las facturas médicas.
O tal vez sí lo sabía.
Roman parecía saber siempre dónde presionar.
Khloe sintió vergüenza por la facilidad con que él había ganado.
—A las seis —dijo.
Salió.
La puerta se cerró.
Roman se permitió una sonrisa.
Mañana por la noche, pensó, los viejos dinosaurios iban a enfurecerse.
No imaginaba todavía que la broma terminaría costándole sangre.
La caja llegó al día siguiente.
Negra.
Enorme.
Ridículamente cara.
Khloe tardó una hora en abrirla.
Dentro había un vestido de seda azul medianoche.
No era elegante de forma discreta.
Era peligroso.
Espalda abierta.
Tela líquida.
Una abertura lateral que llegaba demasiado arriba.
Había también tacones negros y un collar de diamantes.
En la parte superior descansaba una nota.
Póntelo.
Khloe estuvo a punto de llamar a Roman y decirle que se fuera al infierno.
En lugar de eso miró a su madre, dormida después de la sesión de diálisis.
Luego volvió a mirar el vestido.
—Maldito seas.
Tres horas después apenas se reconocía.
Se soltó el cabello.
Cambió las gafas por lentillas.
Aplicó apenas maquillaje.
Cuando finalmente se puso el vestido, comprendió por qué llevaba años ocultándose.
El espejo no mostraba a la chica gris de la oficina.
Mostraba una mujer de curvas suaves, piel pálida y ojos oscuros demasiado expresivos.
Khloe sintió algo parecido al pánico.
La ropa ancha nunca había sido falta de autoestima.
Era camuflaje.
Había aprendido muy joven lo que ocurría cuando determinados hombres pensaban que una mujer les debía atención.
Invisible era seguro.
Visible era peligroso.
A las seis en punto bajó.
El Maybach negro estaba esperando.
Roman iba dentro.
No levantó la vista cuando ella entró.
—Buenas noches —murmuró Khloe.
—Buenas.
Él siguió revisando su teléfono.
Quince minutos.
Veinte.
Treinta.
Khloe empezó a relajarse.
Tal vez el vestido no cambiaba nada.
Tal vez ella seguía siendo simplemente su secretaria.
Cuando llegaron a la mansión, Roman guardó el móvil.
—Quédate cerca.
—Sí.
—No aceptes bebidas de nadie.
—Sí.
—No hables con nadie que yo no presente.
Khloe soltó aire.
—¿Es un gala o una zona de guerra?
Roman abrió la puerta.
—En mi mundo no hay demasiada diferencia.
Salió.
Después se volvió y le ofreció la mano.
Khloe la aceptó.
Roman seguía sin mirarla realmente.
Caminaron por la escalinata.
Las puertas estaban abiertas.
Música.
Luz dorada.
Cristal.
Dinero.
Roman ya preparaba mentalmente la sonrisa que dedicaría a aquellos hombres cuando vieran su supuesto desafío a las convenciones.
Entraron.
Un mayordomo anunció:
—Señor Roman Caster y acompañante.
Roman avanzó tres pasos.
Y la sala murió.
Literalmente pareció morir.
Una conversación se interrumpió.
Después otra.
Un hombre dejó de beber.
Una mujer se volvió.
El efecto se extendió por todo el salón.
Khloe sintió cien miradas clavándose en ella.
No eran miradas confusas.
Eran hambre.
Roman dejó de caminar.
La sonrisa que había preparado se desvaneció.
Observó la sala.
Dominic Russo, jefe del puerto sur, estaba mirando las piernas de Khloe.
Arthur Penhalagan, heredero de una familia del norte, observaba su boca.
Un capo mayor murmuró algo a otro hombre sin apartar la vista de ella.
Roman sintió algo brutal y primitivo encenderse dentro de su pecho.
Entonces miró a Khloe.
De verdad.
Por primera vez en dos años.
Vio la curva de su espalda.
El cabello oscuro.
El temblor apenas perceptible de sus dedos.
La vulnerabilidad bajo la elegancia.
Y comprendió que no había llevado una broma a la fiesta.
Había arrojado una cerilla en una habitación llena de gasolina.
Su mano aterrizó inmediatamente sobre la espalda desnuda de Khloe.
Ella se sobresaltó.
—Quédate conmigo.
—Eso estaba haciendo.
—Más cerca.
Khloe obedeció.
Roman la condujo entre los invitados.
Las miradas la siguieron.
Cada una empeoraba su humor.
—Caster.
Dominic Russo apareció delante.
Cincuenta años.
Cabello entrecano.
Sonrisa cortés.
Ojos muertos.
—Russo.
Dominic ni siquiera intentó disimular.
—Has estado escondiendo cosas.
—No.
—Entonces preséntanos.
Khloe vio la mano que Dominic extendía.
Empezó a levantar la suya.
Roman se interpuso.
—No.
Dominic quedó inmóvil.
—¿No?
—Es mi invitada.
—Solo intentaba ser educado.
—Inténtalo con otra persona.
La sonrisa de Dominic se volvió más delgada.
Dos hombres detrás de él ajustaron discretamente sus chaquetas.
Khloe vio el movimiento.
Armas.
Roman no se movió.
—Muy protector —dijo Dominic.
—Muy curioso.
—¿Cómo se llama?
—No es asunto tuyo.
Aquello ya no era una conversación.
Era una amenaza con música de cámara de fondo.
Dominic finalmente cedió.
—Disfruta la noche.
Se marchó.
Khloe respiró por primera vez.
—¿Qué demonios ha sido eso?
—Nada.
—Tus “nadas” suelen llevar pistola.
Roman la miró.
—No te apartes de mí.
—No pensaba hacerlo.
Durante la cena, las miradas continuaron.
Khloe apenas probó la comida.
Roman bebió demasiado whisky y habló demasiado poco.
Finalmente ella susurró:
—¿Por qué me trajiste?
—Ya te lo dije.
—No. Me dijiste que necesitabas acompañante.
Roman miró el vaso.
—Era una broma.
El estómago de Khloe se hundió.
—Ah.
—Quería demostrar que no necesitaba traer una modelo como ellos.
—Y me escogiste porque soy desagradablemente corriente.
Roman apretó la mandíbula.
—No dije eso.
—No hacía falta.
Khloe dejó el tenedor.
—¿Sabes qué es lo peor? Que pensé que quizá confiabas en mí.
Roman giró la cabeza.
—Confío en ti.
—Para organizar tu agenda.
—Para mucho más que eso.
—Entonces podrías haber empezado tratándome como una persona.
Aquello lo golpeó.
Antes de que pudiera responder, apareció Arthur Penhalagan.
Sonrisa perfecta.
Traje impecable.
Peligro puro.
—Roman.
—Arthur.
Arthur miró a Khloe.
—¿Me concede un baile?
Khloe sintió que la garganta se cerraba.
Roman dejó el vaso.
—No.
Arthur sonrió.
—Le preguntaba a ella.
—Y yo respondí.
—Es una danza, Caster.
—Busca otra pareja.
El rostro de Arthur se endureció.
—Estás convirtiendo una cortesía en un asunto político.
Roman se levantó.
—No me importa.
Hubo un silencio largo.
Arthur finalmente rio.
—Interesante.
Se marchó.
Khloe miró a Roman.
—Acabas de insultarlo.
—Sí.
—¿Por mí?
—Sí.
—¿Por qué?
Roman no contestó.
La orquesta comenzó un vals.
Él extendió la mano.
—Ven.
—Dijiste que no tendría que bailar.
—Cambié de opinión.
—No sé.
—Yo sí.
Roman la condujo a la pista.
Khloe estaba rígida.
—Relájate.
—Estoy bailando en medio de una sala llena de hombres que podrían asesinarme.
—Nadie te tocará.
—Eso dijiste después de insultar a dos de ellos.
Roman bajó la voz.
—Mírame.
Khloe mantuvo los ojos abajo.
—Khloe.
Ella levantó la cabeza.
Roman la estudió.
—¿Por qué te escondes?
—¿Qué?
—Dos años de jerseys enormes. Gafas. Cabello recogido.
Khloe tragó saliva.
—Porque funciona.
—¿Qué funciona?
—Ser invisible.
La respuesta salió demasiado rápido.
Roman dejó de moverse.
Khloe respiró con dificultad.
—¿Has visto cómo me miran?
—Sí.
—Eso ocurre también fuera. En el metro. En la calle. En bares. En sitios normales.
Su voz se hizo más pequeña.
—Yo no tengo seis hombres armados detrás. No puedo amenazar a cualquiera que me incomode.
Roman comprendió antes de que terminara.
Ella se escondía de hombres como los que llenaban aquella sala.
Hombres como él.
Khloe lo miró.
—El cardigan beige es feo porque quiero que sea feo. Las gafas son grandes porque quiero que sean grandes. Si nadie me mira, nadie decide que tiene derecho a algo.
Roman sintió asco.
De sí mismo.
La había obligado a abandonar exactamente la protección que había construido.
Solo para reírse de otros hombres.
—Nos vamos.
Khloe parpadeó.
—¿Qué?
—Ahora.
—¿Y el gala?
—Que se vaya al infierno.
Roman tomó su mano.
Y sacó a Khloe del salón.
En el coche, ella permaneció pegada a la ventanilla.
Roman había cubierto sus hombros con su chaqueta.
—Dirección.
Khloe se la dio.
Roman frunció el ceño.
—No.
—¿Qué?
—No voy a llevarte allí.
—Es mi casa.
—Dominic te vio conmigo.
—¿Y?
—Arthur me vio negarle un baile.
Khloe empezó a comprender.
—¿Qué significa?
—Significa que ahora saben que me importa lo que te ocurra.
—Pero no te importa.
Silencio.
Roman miró hacia la ventana.
—Eso ya no es completamente cierto.
Khloe no supo qué hacer con aquella frase.
—Quiero ir a casa.
—No es seguro.
—Mi madre está allí.
Roman giró inmediatamente.
—¿Tu madre?
Khloe cerró los ojos.
Había hablado de más.
—Está enferma.
—¿Qué tiene?
—No importa.
—Khloe.
—Insuficiencia renal.
Roman se quedó inmóvil.
Por primera vez entendió por qué ella nunca discutía horas extra.
Por qué aceptaba trabajos que otros empleados rechazaban.
Por qué la amenaza de despedirla había funcionado.
—La diálisis.
Khloe lo miró.
—¿Cómo sabes…?
—Tu seguro. Recursos Humanos me envía informes de costes excepcionales.
La vergüenza ardió en su cara.
—Perfecto. Así que también conoces el precio exacto de mi desesperación.
Roman hizo una mueca.
—No lo sabía cuando te amenacé.
—Eso no lo mejora.
—No.
El coche cambió de dirección.
—¿Adónde vamos?
—A mi ático.
—Roman…
—Esta noche nada de discusiones.
—No soy una posesión.
—No.
Roman la miró.
—Eres una responsabilidad que yo creé.
El vehículo descendió por una rampa privada.
El ático ocupaba todo el piso superior de la Torre Castellani.
Acero.
Cristal antibalas.
Mármol.
Ninguna fotografía.
Ningún recuerdo.
Una casa diseñada por alguien que esperaba un ataque incluso mientras dormía.
Khloe observó el espacio.
—Esto no parece un hogar.
Roman dejó las llaves.
—No lo es.
Esa respuesta le pareció tristísima.
A la mañana siguiente, Khloe despertó con ropa de Roman porque nadie había pensado en guardar pijamas femeninos.
Lo encontró en la cocina.
No había dormido.
Tenía un arma desmontada sobre la encimera.
—¿Siempre desayunas con pistolas?
—Solo los lunes.
Khloe preparó café.
Cuatro minutos.
Se lo sirvió.
Roman la miró.
—No estás trabajando.
—Son las ocho y cuarto.
—Precisamente.
—Mi horario empieza a las ocho.
—Khloe.
Ella empujó la taza.
—No voy a convertirme en una prisionera porque tú cometiste un error.
Roman apoyó ambas manos en la encimera.
—Si sales, llevas escolta.
—Dos hombres como máximo.
—Cuatro.
—Dos.
—Tres.
Khloe extendió la mano.
—Trato.
Roman contempló sus dedos.
Después se los estrechó.
—Tres.
Ella sonrió.
—Estás aprendiendo a negociar.
—Dirijo una organización internacional.
—Y aun así pagas demasiado por el café.
Roman casi se rio.
Cuando regresaron a la oficina, todos miraron.
Khloe lo soportó.
Se sentó.
Encendió el ordenador.
Trabajó.
A las dos de la tarde llegaron tres hombres.
El principal se llamaba Victor.
Segundo de Dominic Russo.
Dejó una caja de terciopelo sobre el escritorio.
—Un regalo del señor Russo.
Khloe no la tocó.
Roman apareció detrás de ella.
—Llévatelo.
Victor sonrió.
—Dominic insiste.
Roman se acercó.
—Escucha bien. Si vuelves a entrar aquí para hablarle, será la última conversación que tengas.
La sonrisa de Victor desapareció.
—¿Eso es una amenaza?
—No.
Roman sostuvo su mirada.
—Es una previsión.
Victor recogió la caja.
Se marchó.
Khloe estaba pálida.
Roman apoyó una mano en su hombro.
—Lo siento.
Ella levantó la vista.
—¿Por qué?
—Por traerte al gala.
Era la primera disculpa que le oía.
—Aceptada.
—Todavía no he arreglado el problema.
—Pero lo reconociste.
Roman pareció sorprenderse de que aquello importara.
Dos noches después, trasladaron a la madre de Khloe a una clínica privada.
Roman pagó todo.
Khloe protestó hasta que él amenazó con comprar directamente el hospital público.
Ella dejó de protestar.
El ataque ocurrió cuando regresaban.
Una furgoneta embistió el SUV.
Vidrios.
Metal.
Disparos.
Roman tiró a Khloe al suelo.
—¡ABAJO!
Los hombres que bajaron no intentaban matarlo.
Intentaban abrir la puerta de Khloe.
Roman lo comprendió.
También ella.
Los atacantes querían llevársela.
El mundo se convirtió en ruido.
Roman salió.
Khloe vio disparos.
Cuerpos.
Violencia concentrada en segundos.
Después silencio.
Roman volvió al vehículo.
Tenía sangre en la camisa.
—¿Te dieron?
—No.
—¿Khloe?
—Estoy bien.
Él la agarró.
La abrazó.
No elegantemente.
No con cautela.
Como un hombre que acababa de comprobar que el miedo podía matarlo sin necesidad de una bala.
Khloe se quedó inmóvil.
Después cerró los brazos a su alrededor.
—Roman.
—Estoy aquí.
—Tengo miedo.
—Lo sé.
—Mucho.
—Yo también.
Khloe se separó apenas.
—¿Tú?
Roman apoyó la frente contra la suya.
—Ellos no querían matarte.
—Querían secuestrarme.
—Sí.
Su expresión se transformó.
Fría.
Terrible.
—Y ahora van a descubrir lo cara que ha sido esa decisión.
Aquella noche Roman se preparó para salir armado.
Khloe lo vio colocar el chaleco.
—¿Adónde vas?
—A terminarlo.
—¿Con Dominic?
—Con todos los que participaron.
Ella debería haberle pedido que llamara a la policía.
Ambos sabían que aquella opción pertenecía a otro universo.
Khloe se acercó.
Agarró su camisa.
—Vuelve.
Roman quedó inmóvil.
—¿Qué?
—No quiero despertarme mañana y descubrir que moriste porque yo estaba en ese coche.
Roman tocó su mejilla.
—Volveré.
Y la besó.
Una vez.
Brutalmente honesto.
Después se fue.
Khloe quedó sola.
A las cinco de la mañana, el ascensor se abrió.
Roman regresó cubierto de hollín.
Caminaba cojeando.
Dejó un anillo de oro sobre la encimera.
Khloe lo reconoció.
Dominic lo llevaba en el gala.
No preguntó.
Tomó un botiquín.
Limpió los nudillos de Roman en silencio.
Él la observó.
—Khloe.
—¿Qué?
—Dominic no ordenó el ataque.
Las manos de ella se detuvieron.
—¿Entonces quién?
Roman sacó un teléfono del bolsillo.
Colocó una fotografía frente a ella.
Arthur Penhalagan.
Junto a él, en una imagen tomada esa misma noche, aparecía uno de los hombres de seguridad de Roman.
Alguien de la propia Torre Castellani.
—Tenemos un traidor —dijo Roman.
Khloe sintió que el miedo regresaba.
Pero Roman continuó.
—Y sabe dónde está tu madre.
PARTE 2 — EL PRECIO DE SER VISTA
La clínica estaba cerrada cuando llegaron.
Demasiado cerrada.
Ningún guardia en la entrada.
Ninguna luz en recepción.
Roman sacó el arma antes de que el vehículo se detuviera.
—Quédate aquí.
Khloe agarró su manga.
—Mi madre está dentro.
—Precisamente.
—No voy a quedarme.
Roman la miró.
Durante un segundo estuvo a punto de ordenárselo.
Después recordó el gala.
La amenaza.
Todo lo que había decidido por ella.
—Detrás de mí.
Entraron.
Encontraron dos guardias inconscientes.
Un médico herido.
Pero la habitación de la madre de Khloe estaba vacía.
Sobre la cama había una nota.
Medianoche. Muelle 17. Ven solo.
Khloe dejó de respirar.
Roman tomó el papel.
—No.
—La tienen.
—La recuperaremos.
—¿Cómo?
—Como sea necesario.
Khloe lo golpeó en el pecho.
—¡Todo esto empezó porque querías hacer una broma!
Roman no se defendió.
Otro golpe.
—¡Mi madre está enferma!
Otro.
—¡Nunca quiso nada de esta gente!
Roman atrapó suavemente sus muñecas.
—Lo sé.
—¿Lo sabes?
Khloe lloraba.
—Yo era invisible y estaba bien. No era feliz, pero estaba viva. Ella estaba viva.
Roman tragó saliva.
—Tienes razón.
Aquello la detuvo.
—¿Qué?
—Todo esto es culpa mía.
No había excusas.
Ni defensa.
Solo una verdad insoportable.
Roman soltó sus manos.
—Y si recuperar a tu madre me cuesta todo lo que tengo, lo pagaré.
El traidor resultó ser Miller.
Uno de los hombres que había custodiado a Khloe desde el gala.
Tenía deudas de juego.
Arthur había comprado su lealtad.
Roman quería matarlo.
Khloe quería información.
—Si lo matas ahora, no sabremos dónde tienen a mamá.
Roman la miró.
—¿Qué propones?
—Que por una vez utilices la cabeza antes que el arma.
Media hora después, Miller habló.
Arthur tenía a la madre de Khloe en un almacén del puerto.
Quería intercambio.
Khloe por Mary.
—No —dijo Roman.
—Sí —respondió ella.
—No voy a discutir.
—Entonces no discutas. Escucha.
Khloe extendió sobre la mesa los planos de la zona.
Dos años organizando las reuniones de Roman habían hecho que conociera nombres, horarios, rutas y personas mejor de lo que él imaginaba.
—Arthur sabe que atacarás.
—Claro.
—Así que contará con eso.
Señaló otro edificio.
—Pero esta compañía de refrigeración pertenece a una filial que tú compraste el año pasado.
Roman frunció el ceño.
—¿Cómo sabes eso?
Khloe lo miró.
—Porque proceso las facturas.
Roman comenzó a sonreír.
—Hay acceso subterráneo.
—Exactamente.
Por primera vez desde el secuestro, no estaba mirando a una víctima.
Estaba mirando a su socia.
Khloe entró sola al almacén a medianoche.
Al menos eso creyó Arthur.
Vestía ropa sencilla.
Sin joyas.
Sin vestido azul.
Sin maquillaje.
Ella misma.
Arthur esperaba junto a Mary.
La mujer estaba sentada en una silla de ruedas.
Pálida.
Pero viva.
—Qué conmovedor —dijo Arthur—. Viniste.
Khloe mantuvo las manos visibles.
—Suéltala.
—Cuando Roman llegue.
—No viene.
Arthur sonrió.
—Claro que viene.
Khloe dio otro paso.
—Te equivocas sobre él.
—¿Sí?
—Crees que siempre necesita entrar disparando.
Arthur rio.
—Es Roman Caster.
—También sabe aprender.
Una explosión apagada resonó debajo del almacén.
Las luces parpadearon.
Arthur giró.
Demasiado tarde.
Los hombres de Roman surgieron desde el acceso de mantenimiento.
Todo ocurrió rápidamente.
Khloe corrió hacia Mary.
Arthur la agarró por el cabello.
Roman apareció.
Su arma apuntó directamente al rostro del hombre.
—Suéltala.
Arthur presionó una pistola contra la cabeza de Khloe.
—Un paso más y…
Khloe clavó el tacón en su pie.
Arthur perdió el equilibrio.
Ella se soltó.
Roman atacó.
El arma cayó.
Dos hombres inmovilizaron a Arthur.
Roman avanzó hacia él.
—Quería que fueras tú —dijo Arthur, riendo incluso de rodillas—. Pero descubrí algo mejor.
Miró a Khloe.
—Ahora tienes algo que perder.
Roman se congeló.
Arthur sonrió.
—Antes eras imposible de controlar. Ahora basta con amenazar a una secretaria.
Roman levantó el arma.
Khloe puso la mano sobre su muñeca.
—No.
Arthur rió.
—¿Ves?
Roman miró a Khloe.
—Apártate.
—No necesitas hacerlo.
—Sí.
—No.
La furia luchó en su rostro.
Khloe bajó lentamente el arma.
—No dejes que él decida quién eres.
Aquello resultó más difícil que disparar.
Roman entregó a Arthur a sus hombres.
—Llévenlo.
Arthur dejó de reír.
Porque, por primera vez, había perdido la capacidad de provocar al hombre que tenía delante.
Mary se recuperó.
Lentamente.
Khloe permaneció a su lado.
Roman no entró en la habitación durante dos días.
Al tercero, Mary lo llamó.
—Señor Caster.
Roman se acercó a la cama.
—Señora Hayes.
—Mi hija me contó lo que hizo.
—Entonces seguramente me odia.
Mary lo estudió.
—No.
Roman pareció sorprendido.
—Pero debería.
—Probablemente.
La mujer sonrió débilmente.
—Khloe también debería.
Roman bajó la mirada.
—Sí.
—Entonces si de verdad le importa, empiece por darle la elección que le quitó.
Roman entendió.
Esa noche encontró a Khloe en el balcón del ático.
—Tu madre estará lista para trasladarse en una semana.
—Bien.
—He comprado un apartamento para ella cerca de su clínica.
Khloe suspiró.
—Roman…
—Está a su nombre.
Silencio.
—No tienes que aceptarlo.
Khloe lo miró.
Eso era nuevo.
—¿Y yo?
Roman metió las manos en los bolsillos.
—Tú puedes volver a tu apartamento.
El corazón de Khloe hizo algo absurdo.
—¿Quieres que me vaya?
—No.
La respuesta fue inmediata.
—Pero puedes.
Roman se acercó.
—También puedes dejar el trabajo. Ya he transferido una indemnización suficiente para cubrir tus gastos durante varios años.
—¿Me estás despidiendo?
—Te estoy devolviendo opciones.
Khloe lo observó.
El hombre que había empezado toda aquella pesadilla ordenándole ponerse un vestido acababa de ofrecerle exactamente lo que nunca le había dado.
Libertad.
—¿Y si quiero quedarme?
Roman levantó los ojos.
—Entonces tendrás que decirme por qué.
Khloe sintió calor en la cara.
—Quizá me gusta el café de aquí.
—Mientes.
—Quizá el apartamento tiene buenas vistas.
—También mientes.
Ella sonrió.
—Quizá quiero comprobar si realmente puedes cambiar.
Roman dio un paso.
—Eso es peligroso.
—He descubierto que tengo cierta tolerancia al peligro.
—Khloe.
—¿Sí?
—No voy a tocarte a menos que me lo pidas.
Ella lo miró durante un largo instante.
Después tomó su mano.
La colocó sobre su cintura.
—Entonces deja de hablar.
Roman la besó.
Esta vez no había miedo.
No había disparos.
No había una sala llena de hombres observando.
Solo elección.
Y aquello lo cambió todo.
PARTE 3 — LA BROMA QUE CAMBIÓ EL IMPERIO
Seis meses después, Khloe seguía trabajando en la Torre Castellani.
Pero ya no fuera del despacho.
Roman había trasladado su escritorio dentro.
—Es temporal —había dicho.
Tres meses después seguía allí.
Khloe ya no llevaba cardigans gigantes todos los días.
Tampoco usaba vestidos provocativos porque Roman pudiera comprarlos.
Vestía como quería.
A veces elegante.
A veces horrible.
Especialmente cuando quería irritarlo.
—Ese jersey es ofensivo —dijo Roman una mañana.
Khloe miró la prenda naranja.
—Me gusta.
—Parece una señal de tráfico.
—Entonces presta atención.
Roman negó con la cabeza.
Ella dejó el café sobre su mesa.
—Los Valente a las tres.
—Cancélalo.
Khloe lo miró.
—No.
Roman levantó una ceja.
—¿No?
—Los has cancelado cuatro veces.
—Soy el jefe.
—Y yo controlo el calendario.
—Eso no te convierte en mi jefa.
Khloe sonrió.
—Las pruebas dicen otra cosa.
Roman soltó una risa.
Se había vuelto más fácil escucharlo reír.
No frecuente.
Pero posible.
Los cambios fueron más profundos que eso.
Roman redujo algunas operaciones.
Vendió otras.
Alejó el negocio de determinadas actividades que Khloe nunca quiso conocer demasiado de cerca.
No se convirtió en un hombre inocente.
Tampoco fingieron que lo era.
Pero empezó a escoger aquello que quería conservar de su poder.
Y aquello que estaba dispuesto a dejar morir.
Arthur desapareció del mapa político del sindicato.
Dominic ya no era una amenaza.
Miller estaba en prisión por delitos financieros perfectamente documentados.
Khloe había sugerido aquello.
—¿Ves? —dijo una vez—. Los tribunales sirven para algo.
Roman había respondido:
—Son lentos.
—Pero ensucian menos las alfombras.
Una noche recibieron otra invitación al gala.
Khloe la dejó sobre el escritorio.
Roman la miró.
—No vamos.
—¿Miedo?
—Odio esos eventos.
—El año pasado parecías divertirte mucho.
Roman la miró con expresión oscura.
—El año pasado fui un imbécil.
Khloe sonrió.
—Eso sí que es crecimiento personal.
Roman se levantó.
—Tú decides.
Ella arqueó una ceja.
—¿De verdad?
—De verdad.
Khloe tomó la invitación.
La hizo girar entre los dedos.
Recordó la primera noche.
El vestido.
Las miradas.
El miedo.
Después pensó en todo lo ocurrido desde entonces.
—Quiero ir.
Roman se tensó.
—Khloe.
—Pero esta vez llevo lo que yo quiera.
—Naturalmente.
—Y si Arthur reaparece de alguna alcantarilla y pide bailar conmigo…
—No.
Khloe rio.
—Ni siquiera terminé.
—La respuesta sigue siendo no.
—Celoso.
—Precavido.
—Celoso.
Roman la atrajo hacia sí.
—Territorial.
—Eso no mejora la palabra.
—No intentaba mejorarla.
La noche del gala, Khloe apareció con un vestido negro sencillo.
Nada espectacular.
Nada diseñado para impresionar.
Llevaba sus gafas.
Y zapatos planos.
Roman la contempló cuando salió del dormitorio.
—¿Qué?
—Nada.
—Estás mirando.
—Tengo permitido mirar.
Khloe sonrió.
—Con moderación.
Entraron juntos al mismo salón donde todo había comenzado.
La gente volvió a mirarla.
Pero esta vez Khloe no bajó la cabeza.
Dominic ya no estaba.
Arthur tampoco.
Los hombres que quedaban conocían perfectamente la mujer que caminaba junto a Roman.
No una secretaria decorativa.
No una debilidad.
Khloe Hayes.
La persona que había aprendido a ser visible sin pertenecerle a nadie.
Roman le ofreció la mano.
—¿Bailas?
—Pensaba que odiabas bailar.
—Contigo hago muchas cosas que odio.
—Romántico.
—Lo intento.
Khloe tomó su mano.
Mientras cruzaban la pista, Roman se inclinó.
—Hay algo que nunca te dije.
—Eso suele acabar mal.
—La primera noche pensé que llevarte sería gracioso.
—Eso sí me lo dijiste.
—No terminé.
Khloe esperó.
—Cuando entramos y todos te miraron, pensé que había cometido el peor error de mi vida.
—¿Porque me querían?
—Porque comprendí que yo también te estaba mirando.
Khloe quedó en silencio.
Roman apoyó una mano sobre su espalda.
Esta vez no para marcar territorio.
Solo para sostenerla.
—Y ya no pude dejar de hacerlo.
Khloe sonrió.
—Qué tragedia.
—Devastadora.
—¿Sabes cuál fue tu verdadero error?
—¿Cuál?
Ella apoyó la cabeza contra su hombro.
—Creer que era invisible porque nadie me veía.
Roman guardó silencio.
—Yo siempre estaba mirando —continuó Khloe—. Aprendiendo. Escuchando. Sobreviviendo.
Levantó los ojos.
—La invisibilidad nunca fue debilidad.
Roman asintió.
—Ahora lo sé.
Bailaron bajo los mismos candelabros.
En la misma sala.
Rodeados por el mismo mundo de sangre, dinero y viejas amenazas.
Pero nada era igual.
La primera vez, Roman había llevado a una mujer para convertirla en el remate de una broma.
La segunda, caminaba junto a alguien que podía abandonarlo cuando quisiera.
Y precisamente por eso su presencia tenía valor.
Khloe no se había convertido en reina de la mafia.
Nunca quiso una corona.
No necesitaba una.
Había conseguido algo mucho más difícil.
Seguir siendo ella misma en un mundo que intentaba transformar a todo el mundo en víctima, arma o propiedad.
Y Roman, que durante toda su vida había confundido protección con control, finalmente había aprendido que amar a alguien no significaba encerrarlo detrás de muros más altos.
Significaba abrir la puerta.
Y confiar en que eligiera quedarse.
Khloe lo hizo.
No por miedo.
No por dinero.
No porque él se lo ordenara.
Esta vez, simplemente porque quería.
(Descargo de responsabilidad: Este contenido puede haber sido generado por IA con fines de entretenimiento. Cualquier parecido con personas, eventos o lugares reales es pura coincidencia.)