¡Indignación nacional! Abelardo de la Espriella humilla a campesinos en pleno foro público. - News

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¡Indignación nacional! Abelardo de la Espriella humilla a campesinos en pleno foro público.

El panorama político colombiano, tradicionalmente caracterizado por sus giros dramáticos y sus polarizaciones profundas, ha alcanzado esta semana un punto de ebullición que redefine el concepto de cinismo electoral.

En el centro de esta tormenta se encuentra Abelardo de la Espriella, el abogado de las causas imposibles y ahora aspirante a la Casa de Nariño, quien parece estar protagonizando una de las metamorfosis discursivas más inverosímiles de la historia reciente.

Lo que el país ha presenciado en los últimos días no es solo un cambio de tono, sino un intento deliberado de reescribir una biografía marcada por el desprecio sistemático hacia los sectores más vulnerables de la sociedad, especialmente hacia los campesinos y las comunidades étnicas que hoy intenta cortejar con una desesperación que raya en lo patético.

La indignación estalló de manera contundente tras la difusión de imágenes y declaraciones en diversos foros donde De la Espriella, conocido por su estilo de vida ostentoso y su afinidad con las élites más rancias, intentó mimetizarse con el campesinado colombiano.

Resulta difícil de digerir para la memoria colectiva que el mismo hombre que durante años ha lanzado dardos envenenados contra los movimientos sociales, los indígenas y la economía agraria popular, salga hoy a decir que su sueño máximo es retirarse a “sembrar la tierra” tras un eventual paso por la presidencia.

Esta narrativa del “servicio militar de cuatro años” para luego convertirse en campesino ha sido recibida por el sector agrario no como una propuesta, sino como una humillación pública.

¿Cómo puede alguien que ha dedicado su carrera profesional a defender a figuras vinculadas con el despojo de tierras y el paramilitarismo pretender ahora ser uno más de aquellos a quienes sus antiguos clientes desplazaron?

El historial de De la Espriella es, por decir lo menos, incompatible con el azadón y la ruana.

La opinión pública recuerda con nitidez sus ataques al “ajiaco bogotano”, al que calificó despectivamente como un “potaje carcelario”, prefiriendo siempre los sabores de la Toscana o la sofisticación de las grandes capitales europeas.

Sin embargo, en una reciente aparición en medios tradicionales, específicamente en Noticias Caracol, el candidato intentó suavizar su imagen entre risas cómplices de presentadores que olvidaron cuestionar su coherencia.

En un acto de equilibrismo retórico, afirmó que siempre le había gustado el ajiaco y que sus críticas pasadas eran solo “mamadera de gallo”.

Este uso de la informalidad colombiana para encubrir el desprecio de clase es una táctica recurrente en una campaña que parece construida sobre arena movediza.

Pero si el discurso del candidato presidencial es cuestionable, el comportamiento de su fórmula vicepresidencial es sencillamente alarmante.

El racismo y el clasismo, lejos de ser sombras del pasado, emergieron con una claridad diáfana cuando su “vice” decidió arremeter contra la vicepresidenta Francia Márquez.

En un intento de crítica superficial, se burló de la forma de hablar de la lideresa caucana y de su uso del helicóptero por razones de seguridad, ignorando que el propio De la Espriella ha hecho alarde mediático de llegar a sus eventos electorales precisamente en aeronaves privadas.

Esta desconexión entre la crítica y la práctica propia revela el talante de una campaña que se siente superior al ciudadano de a pie.

Como bien señalaron analistas en redes sociales, burlarse del acento y las expresiones de las comunidades del Pacífico no es un argumento político; es una manifestación de racismo estructural que la Colombia de 2026 ya no está dispuesta a tolerar.

El contraste con la campaña progresista liderada por Iván Cepeda es abismal. Mientras De la Espriella se ve obligado a recurrir a puestas en escena forzadas, Cepeda ha demostrado una capacidad de convocatoria orgánica que tiene a la extrema derecha sumida en el pánico.

El pasado 17 de abril de 2026, la plaza central de Tunja fue testigo de un apoyo multitudinario al senador, quien bajo la consigna “Me llamo Iván Cepeda y quiero ser su presidente en primera vuelta”, ratificó su conexión con las víctimas del conflicto y el campesinado real.

El miedo en la campaña de la derecha es tan palpable que han surgido denuncias graves sobre presuntas irregularidades electorales.

Fotografías publicadas recientemente muestran vehículos con placas de Ecuador en eventos de De la Espriella en Pasto, sugiriendo un posible “trasteo de votos” o transhumancia electoral.

De confirmarse que personas extranjeras o movilizadas desde otros territorios están siendo utilizadas para inflar las cifras de asistencia, el candidato podría enfrentarse a penas de prisión de hasta nueve años, según el Código Penal Colombiano.

La debilidad de la propuesta de la derecha se hace evidente en su negativa a debatir sobre el fondo de los problemas nacionales.

Iván Cepeda ha sido claro: aceptará cualquier debate siempre que existan reglas de respeto y se hable de programas de salud, educación y reforma tributaria.

De la Espriella, por el contrario, ha eludido invitaciones de periodistas rigurosos como Daniel Coronell, prefiriendo la comodidad de los sets donde no se le cuestiona.

Su valentía parece desvanecerse cuando no hay un libreto preestablecido. Sergio Fajardo, en un comentario que resonó con fuerza esta semana, calificó a De la Espriella de “fantoche” y de ser “un peligro para la democracia”, argumentando que alguien que solo sabe agredir e insultar no tiene la capacidad de construir sociedad.

El colmo del espectáculo mediático ocurrió durante una de sus correrías, cuando el candidato fue captado “jartando” alcohol en plena tarima, un acto que sus seguidores aplaudieron pero que para el resto del país representa la degradación final del decoro presidencial.

¿Qué dirían los medios si fuera Gustavo Petro o Iván Cepeda quien estuviera bebiendo en público durante un acto oficial de campaña?

Los descalificativos lloverían de inmediato. Pero con De la Espriella, el establecimiento guarda un silencio cómplice, permitiendo que el circo continúe mientras el país real sufre las consecuencias de una oposición que se niega a proponer soluciones serias.

La realidad es que el campesino colombiano no es el “tigre de papel” que De la Espriella cree poder engañar con dólares o discursos de última hora.

La gente en los departamentos de Sucre, Boyacá y Nariño tiene memoria. Saben quién ha estado con ellos en las marchas, en los procesos de restitución de tierras y en la defensa del sistema de salud público.

Saben que la Ley 100, creada bajo la égida de Álvaro Uribe Vélez, convirtió la salud en una mercancía, y que las políticas que De la Espriella defiende buscan profundizar ese modelo privatizador.

El intento de De la Espriella de “disfrazarse” de humilde trabajador de la tierra es, en esencia, un acto de apropiación cultural y política profundamente ofensivo.

Este 11 de mayo de 2026, Colombia se encuentra en una encrucijada definitiva. Por un lado, una propuesta de cambio que busca consolidar los avances sociales del actual gobierno y cerrar las brechas de desigualdad que han martirizado al país por décadas.

Por el otro, un proyecto que mezcla el revanchismo personal con la superficialidad del “show” televisivo, representado por un hombre que ha hecho de la defensa de los poderosos su forma de vida y que hoy pretende que el pueblo lo vea como su redentor.

La batalla por la presidencia no se ganará con helicópteros, ni con botellas de whisky en tarima, ni mucho menos burlándose del habla de los afros del Pacífico.

Se ganará con la coherencia que solo da una vida dedicada a la defensa de los derechos humanos y la democracia.

El país ha despertado y el coro que se escuchó en Tunja contra el pasado oscuro de la política nacional es un recordatorio de que el tiempo de los engaños se ha agotado.

Abelardo de la Espriella podrá cambiar de traje, de perfume o de discurso mil veces, pero no podrá cambiar el hecho de que sus palabras pasadas son su peor enemigo.

El campesinado colombiano merece respeto, no ser utilizado como un accesorio de campaña para un abogado que, en el fondo, sigue despreciando el olor a tierra mojada que tanto dice añorar.

La verdad, aunque intenten ahogarla en el ruido del espectáculo, terminará por imponerse en las urnas, donde no alcanzan los puñados de dólares ni los carteles pegados en carros extranjeros para comprar la dignidad de una nación.

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