Escándalo en el set: El video que muestra la cara más agresiva de los presentadores de Caracol.
El periodismo, en su concepción más pura, ha sido definido históricamente como el “cuarto poder”, un baluarte de la democracia cuya función principal es fiscalizar al poder y servir de puente entre la realidad y la ciudadanía.
Sin embargo, lo que los televidentes colombianos presenciaron el pasado 7 de mayo de 2026 en las pantallas de Caracol Televisión dista mucho de ese ideal romántico.
Lo que comenzó como una entrevista jurídica terminó convirtiéndose en un linchamiento mediático, un espectáculo de degradación humana que ha encendido las alarmas sobre la ética profesional en los medios masivos de comunicación.
El episodio, protagonizado por el periodista Juan Camilo Cortés y un joven abogado, es apenas la manifestación externa de una crisis estructural mucho más profunda que carcome los cimientos de la institución informativa.

La escena que detonó la indignación nacional fue tan cruda como reveladora. Un joven abogado de apenas 23 años, egresado de la Universidad Nacional de Colombia y con una especialización en Derecho de los Negocios de la Universidad Externado, fue invitado al set para ofrecer un análisis técnico sobre una demanda regulatoria.
Lo que el profesional esperaba que fuera un debate de ideas se transformó en una emboscada.
“¿Usted cuántos años tiene?” , “Yo me imagino que todavía estudia”, fueron las primeras ráfagas de una artillería verbal cargada de condescendencia.
Juan Camilo Cortés, un comunicador que ha construido una marca personal basada en la estridencia y la arrogancia, no buscaba informar; buscaba aniquilar la credibilidad de su invitado basándose únicamente en su juventud.
Como especialistas en la materia, debemos analizar este comportamiento no como un exabrupto aislado, sino como una técnica deliberada de “info-entretenimiento” agresivo.
Cortés interrumpió al abogado cada dos segundos, se burló abiertamente de sus argumentos y utilizó un lenguaje corporal de profundo desprecio mientras el joven intentaba mantener la compostura profesional.
El clímax de la infamia llegó cuando el periodista le espetó que su opinión “no valía nada” y que “estaba perdiendo el tiempo”, sugiriéndole que se dedicara a otra cosa.
En ese preciso instante, el periodismo murió para dar paso al matoneo televisado. El rating, ese dios insaciable de la televisión moderna, se alimentó de la humillación de un profesional que, a pesar de su corta edad, demostró tener mucha más formación y decencia que quien sostenía el micrófono.
No obstante, esta humillación en vivo es solo la punta del iceberg. Detrás de las cámaras de Caracol, según revelaciones recientes y testimonios que han comenzado a filtrarse con la fuerza de un torrente, se esconde una cultura corporativa de prepotencia y abusos que ha sido normalizada durante años.
La soberbia que Cortés exhibe en pantalla es el reflejo de un ambiente laboral donde el fin justifica los medios y donde la ética es considerada un estorbo para la obtención de resultados inmediatos.
Investigaciones internas y denuncias de exempleados sugieren que el canal ha operado bajo una lógica de impunidad, protegiendo a sus “estrellas” mediáticas a pesar de sus comportamientos tóxicos fuera del aire.

Pero el escándalo escala hacia terrenos mucho más oscuros. Mientras estos periodistas se presentan ante la audiencia como jueces de la moral pública, señalando a políticos y magistrados con dedo acusador, en la intimidad de sus pasillos han ocurrido hechos que revisten una gravedad judicial ineludible.
Han surgido acusaciones de acoso sexual que involucran a varios integrantes destacados del equipo de noticias.
Mujeres que trabajaron en el canal relatan un patrón de comentarios lascivos, tocamientos disimulados y propuestas indecorosas vinculadas a la estabilidad laboral o a la asignación de mejores horarios.
Lo más alarmante es la presunta omisión de la dirección del canal, que habría hecho la vista gorda ante estas denuncias, silenciando a las víctimas mediante acuerdos de confidencialidad e indemnizaciones que solo buscaban evitar el escándalo público.
Esta dualidad es la que genera una indignación legítima en la sociedad. ¿Con qué autoridad moral puede un periodista exigir transparencia al Estado cuando su propia casa es un nido de abusos silenciados?
El periodismo de Caracol, bajo la égida de figuras como Cortés, ha mutado en un circo romano donde la humillación se vende como valentía.
Se ha educado a una parte del público para creer que la agresividad es sinónimo de veracidad, cuando en realidad el que grita más fuerte suele ser el que tiene menos argumentos.
Esta degradación del oficio informativo no solo afecta a los invitados humillados, sino que destruye la confianza de la ciudadanía en las instituciones mediáticas.

Otro aspecto crítico que debemos abordar es la recurrente falta de ética informativa y la manipulación tendenciosa de la noticia.
La inmediatez y la búsqueda del “clic” han reemplazado a la verificación de datos. Tenemos constancia de casos donde ciudadanos del común han sido señalados como responsables de delitos graves sin pruebas suficientes, arruinando sus vidas y reputaciones en cuestión de segundos.
Cuando la verdad finalmente sale a la luz y se demuestra la inocencia del afectado, el canal suele responder con una rectificación minúscula en horarios marginales, cuando el daño ya es irreparable.
El equipo legal del canal, un gigante corporativo, se encarga de dilatar los procesos judiciales hasta que las víctimas, agotadas y sin recursos, se ven obligadas a desistir.
Esto no es periodismo; es violencia mediática institucionalizada. El joven abogado humillado el 7 de mayo de 2026 es el rostro de miles de víctimas de este sistema.
En conversaciones posteriores, el profesional manifestó estar profundamente afectado, considerando incluso el abandono de su carrera ante el escarnio público y las burlas que ha recibido tras la emisión.
Este es el costo humano de un periodismo que ha perdido su brújula moral. ¿Dónde queda el código deontológico del periodista?
¿Dónde está el respeto por el ser humano que acepta una invitación para aportar al debate nacional?
La respuesta es simple y dolorosa: para el sistema imperante en Caracol, el invitado es solo un saco de boxeo para entretener a una audiencia cautiva del conflicto.

Es imperativo que la sociedad civil y los gremios de prensa reaccionen ante esta cultura de la soberbia.
La libertad de expresión no es una licencia para el abuso de poder ni para el pisoteo de la dignidad ajena.
Un periodista puede y debe ser crítico, puede hacer preguntas incómodas y confrontar las ideas de sus entrevistados, pero jamás tiene el derecho de humillar ni de impedir que el otro hable.
Lo que hace Juan Camilo Cortés es un abuso de su posición dominante, respaldado por una empresa que prioriza los ingresos económicos sobre la integridad de la información.
Hoy, más que nunca, necesitamos fortalecer el periodismo independiente y ciudadano. Necesitamos voces que no dependan de los intereses de grandes conglomerados económicos para informar con rigor y respeto.
La herramienta más poderosa que tiene el ciudadano frente a esta maquinaria de destrucción es la sanción social y el control remoto.
Dejar de consumir contenido que se base en la humillación ajena es el primer paso para obligar a los medios masivos a reformar sus prácticas.
Cuando el rating baje y los anunciantes perciban que el público rechaza la prepotencia, los cambios estructurales comenzarán a ocurrir.
La honestidad en el periodismo se construye con humildad y con el reconocimiento de los propios errores.
Si un canal permite el acoso en sus pasillos y la prepotencia en sus sets, está condenado a la irrelevancia ética.
Colombia merece un periodismo digno, que investigue con seriedad y que trate a sus invitados con la altura que su formación y humanidad exigen.
La verdad no necesita gritos ni burlas para imponerse; la verdad solo necesita evidencia y respeto.
Mientras el ruido de los arrogantes siga dominando las pantallas, la labor de los analistas y del público consciente será señalar la podredumbre y exigir una televisión que informe sin destruir, que cuestione sin humillar y que respete, por encima de todo, el valor inalienable de la persona humana.
El cambio no vendrá de quienes abusan del poder, sino de quienes decidimos no ser cómplices silenciosos de su espectáculo de degradación.